“El esfuerzo de utilizar las máquina para emular el pensamiento
humano siempre me ha parecido bastante estúpido.
Preferiría usarlas para emular algo mejor”

Edsger Dijkstra

– Buenos días, Pablo. Seis y media. Hora de despertar.

I used to rule the world,
seas would rise when I gave the word.
Now in the morning I sleep alone,
Sweep the streets I used to own.

I used to roll the dice,
feel the fear in my enemy’s eyes.
Listened as the crowd would sing:
“Now the old king is dead, long live the king”.

A

sí se levantaba cada mañana. Apremiado y mimado por la alarma de su iPhone 6. La de las seis y media a.m., la de la semana laboral, de lunes a viernes. Tenía otras. Muchas. Pero ninguna tan dulce y estimulante. El trabajo le exigía lo mejor de sí mismo. Había que empezar con buen pie.

One minute I held the key,
next the walls were closed on me
and I discovered that my castles stand
upon pillars of salt and pillars of sand.

I hear Jerusalem bells are ringing,
roman cavalry choirs are singing.
Be my mirror my sword and shield,
my missionaries in a foreign field.

– Te recuerdo, tal y como me pediste, que tienes la ropa deportiva dispuesta en el sofá. Son diez kilómetros. Lista para cronometrar y registrar tus constantes. Quién sabe, puede que hoy batas tu récord. Pero antes, quizá, deberías pasarte por el baño y asearte un poco. No tardes, deberías comenzar en unos diez minutos si no quieres llegar tarde al trabajo.

Estaba encantado con aquel teléfono inteligente que se había comprado pocos meses atrás. Sí, señor, in-te-li-gen-te. Nada que ver con el iPhone 3, por no hablar de su primer smartphone, aquel Samsung Galaxy. No es que ya no pudiese actualizar el sistema operativo, que la batería apenas rindiera o que fuese más lento que una reclamación a Hacienda, ambos modelos de iPhone, el sustituto y el sustituido, no tenían ni punto de comparación. En estética, grosor, tamaño de la pantalla, cámara, funcionalidades, versiones de apps. Pero, sobre todo, en ese principio de inteligencia artificial llamado Siri, diseñado para aprender de sus intereses, de sus gustos, de sus necesidades, para servirle de apoyo constante. Era capaz incluso de captar sus emociones, de detectar problemas y hasta de adelantar acontecimientos. Era su asistente, asistenta –él imaginaba a una guapa secretaria tras aquella voz suave y metálica que le resultaba tan sexy–, personal.

Vivía en el barrio de Las Alcaravaneras, muy cerca de la playa que le daba nombre, en pleno corazón de Las Palmas de Gran Canaria. Un pequeño apartamento, de soltero, en el octavo piso de un edificio de diez plantas. Salía corriendo de casa, bajando por las escaleras, y alcanzaba la avenida que servía de frontera entre el mar y la ciudad en su franja este en apenas unos minutos. Cubría los kilómetros planificados, inundando con extasiada conciencia sus pulmones del aire fresco y salado que emana del océano a esas horas y, en una proporción similar, aunque inconsciente, de los efluvios de monóxido de carbono, óxido de nitrógeno, hidrocarburos y otros contaminantes provenientes de los tubos de escape de los miles de vehículos que transitan de buena mañana por la autovía que discurre en paralelo al andén. Si tenía margen y le apetecía, de regreso se detenía en el Parque Romano, al otro lado de la carretera, muy cerca del edificio administrativo del Ayuntamiento y dotado de todo tipo de aparatos de musculación, para marcarse unos pectorales y unos, menos, abdominales.

Esa mañana, como casi todas, había una notable afluencia de atletas en la avenida. Corredores, andadores, ciclistas, patinadores. De todos los sexos, de todas las edades y de toda condición social. Para aquellos ciudadanos entregados en cuerpo y alma, es decir sólo en cuerpo pero con toda el alma, a la doctrina del mantenimiento físico, la Avenida Marítima era algo así como una catedral. Siri le iba cantando los kilómetros, el tiempo empleado, la tensión, el nivel de glucosa en la sangre y las pulsaciones, interrumpiendo con sus cortes informativos las canciones que conformaban la banda sonora de la carrera, Eye of a tiger, Born to run, Running up that hill, Time is running out, Don’t stop o Radioactive. A veces, él preguntaba por preguntar, entre jadeos.

– Siri, el tiempo.

Y Siri disminuía el volumen de la música para hacerse escuchar:

– La Agencia Estatal de Meteorología predice para hoy en Las Palmas de Gran Canaria cielos poco nubosos con intervalos de nubes medias altas, principalmente en la segunda mitad del día, sin descartar alguna lluvia débil a media tarde. Las temperaturas experimentarán un ligero descenso. Se esperan vientos del nordeste de fuerza cuatro o cinco, con marejada o fuerte marejada y mar de fondo del norte o noroeste con olas de uno a dos metros…

– Hey, Siri. Últimas noticias –Y Siri hacía un repaso por los titulares de la prensa.

Rompía tímidamente a amanecer. Las sombras comenzaban a cobrar forma bajo la débil luz azul que se proyectaba desde el horizonte. El sol aún tardaría unos quince minutos en salir, le avisó Siri. Ahora sí podía ver todos aquellos cuerpos afanados en sudar y poner a prueba su corazón antes de comenzar la jornada. Antes apenas sí habían sido siluetas irreconocibles en la oscuridad, bultos que se movían fatigosamente de una lado para otro. Cinco kilómetros, advirtió la voz del smartphone, hay que regresar. Pablo se giró ciento ochenta grados sin detener la carrera y prosiguió su galopada, ya de vuelta a casa. ¿Hora?, preguntó. No, espera, a ver si adivino… las siete y cuarto.

– Casi –respondió Siri—, las siete y veinte. A este paso igualarás tu marca de hora y diez minutos en los diez kilómetros. Qué tal si aceleras un poco, puedes culminar el trayecto en una hora. Récord. Tus constantes están bien, algo subido de pulsaciones, pero dentro de lo aceptable.

Apuró el paso. Le hacía ilusión lo de la hora. Era la marca que tenían casi todos sus compañeros de oficina. Hoy podría faldar. No había cubierto ni cuatrocientos metros cuando le pareció distinguir a lo lejos, en dirección a él, una figura conocida. Delgada, grácil, delicada. Corría, al igual que él, pero parecía flotar sobre el suelo. Estaba casi seguro. Aquella melena pelirroja era inconfundible. El cabello jugaba con el aire al ritmo que marcaba el suave trote de la muchacha. Saltaba, se abría en abanico, se cerraba, caía sobre los hombros. Vestía un pantalón negro y una chaqueta de running de un rosado intenso. La recordó en la terraza, el último fin de semana. Sonia, no había olvidado su nombre. Sí, era ella. Ahora, algo más cerca, casi podía distinguir nítidamente su cara.

– Tensión en aumento –irrumpió Siri.

No le extrañaba. Había quedado prendado de aquella mujer. El sábado anterior, de buena gana se habría quedado con ella a tomarse unas copas y acabar la noche como quiera que el destino les deparase. Pero no pudo ser. Siquiera tuvo ocasión de despedirse. Ella se ausentó un instante y sus amigos aprovecharon para secuestrarlo. Hacía largo rato que esperaban por él para poner rumbo a la fiesta en la Facultad de Medicina. Aquello está lleno de pibas, decían. No vamos a privarnos del jardín por una flor. A esas alturas iban ya todos muy puestos. Así que se imaginaba qué cara habría puesto Sonia al regresar y ver que había desaparecido. Sólo sabía su nombre. No habían intercambiado teléfonos ni habían tenido tiempo de quedar para otra ocasión. Recordaba, eso sí, que en algún momento de la conversación le había dicho que salía a correr todas las mañanas por la Avenida Marítima. Nunca la había visto allí. Ha venido a ver si daba conmigo. ¡Está por mí!.

La joven le hizo señas, como un saludo, a unos cincuenta metros de distancia. Él correspondió.

– Ni se te ocurra parar –intervino la voz en el móvil–. Estás a punto de batir tu marca. Debes permanecer concentrado y recuperar el ritmo de respiración. Se te han disparado las pulsaciones. Vas a ciento setenta.

– ¡Coño, Siri! –espetó Pablo–. Tengo que hablar con ella.

– Negativo. Ahora no puedes fallar. Has estado deseando acercarte a la hora desde hace meses. No querrás seguir quedando como el más flojo de la panda. Si ha venido hoy, vendrá mañana. No tienes de qué preocuparte. Con las mujeres, al principio, es mejor hacerse el duro. Te lo digo yo.

– ¿Tú? ¡Tú eres un gadget! ¿Qué vas a saber tú?

– No pares. No me gustaría ser la asistenta de un perdedor.

¡Perdedor! Ahí le había dado. Era su palabra tabú. Odiaba ser un perdedor y odiaba más aún que la gente lo tuviera por un perdedor. Puede que Siri tuviese razón. Puede que ella volviera mañana. Puede que seguir de largo no sólo no acabase con aquel atisbo de relación, sino que lo apuntalara. ¡Que no pareciera lo que era: que estaba loco por esa mujer! No quería parecer un hombre enamorado, desesperado, débil, flojo… un perdedor. Seguiría de largo. Le sonreiría al pasar, eso debería bastar para dejar las puertas abiertas. Batiría su marca. Mañana nos volveríamos a encontrar. Pararía. Hablaríamos. La invitaría a desayunar. Y, además, podría contarle que había batido su récord.

La chica ya se había detenido y esperaba, con una sonrisa que le ocupaba casi toda la cara, a que Pablo hiciese lo mismo. Pero Pablo pasó de largo, ensayando una mueca labial muy similar a la de un joker. Ella se quedó helada, incapaz de reaccionar. Atónita, incrédula. Se sentía ridícula, tonta, humillada. Finalmente se recuperó. Él ya le sacaba unos trescientos metros. Lo veía allí, de espaldas, perdiéndose sobre un paisaje que se había tornado dorado por los primeros rayos de sol. Su sangre también comenzó a hervir. ¡Vete a tomar por el mismísimo culo, subnormal!, vociferó, sin saber si Pablo era capaz ya de escucharla.

Había vuelto a fallar. Otro fracaso.

– Lo siento, Pablo. Una hora ocho minutos. Te has venido un poco abajo al final. Pero no pasa nada, mañana podemos volver a intentarlo. ¿Quieres que lo comparta en Twitter, en Facebook, en Google Plus, en Linkedin? En cualquier caso, es un progreso. Temperatura corporal: normal. Pulsaciones: bajando de cien. Tensión: normal, estable. Nivel de glucosa: 85 miligramos. ¿Comparto?

Pero Pablo no escuchaba. Miraba fijamente el iPhone mientras su mente recreaba el rostro de la muchacha al verlo pasar. No volveré a verla en mi vida. Aquella cara era… era indescriptible. Un cóctel sudoroso de afrenta y decepción. No me lo perdonará jamás. ¡La he cagado y bien cagado! ¿Pero por qué no me detuve? ¿Marca? ¿Qué marca ni marca? ¿De qué voy? Mis sueños de estos días no estaban centrados en récords ni marcas, sino en ese adorable rostro de mujer. ¿Perdedor? ¡Ahora sí que me siento un puto perdedor!

Del teléfono le llegaron de improviso los primeros compases del Viva la vida, de Coldplay, la misma sintonía que le ayudaba a incorporarse al despertar cada mañana. El volumen iba subiendo, solo, progresivamente.

– Te quedan exactamente treinta y cuatro minutos para llegar puntual a la oficina. Yo que tú me daría prisa en ducharme y desayunar. El tráfico en León y Castillo es denso. Recuerda que hoy tienes dos reuniones importantes. A las diez, reunión de grupo de trabajo. Contenido: revisión de la última propuesta de ampliación de local. A las doce, comité de personal con los representantes de la sección de juguetería. Si me permites, he seleccionado los documentos relacionados con ambas reuniones y los he colocado en dos carpetas que puedes encontrar en la raíz principal de tu disco en iCloud. También he puesto una copia en Dropbox. Me he permitido calcular el resultado de las diferentes tablas de armonización para aliviarte en algo el trabajo. No olvides que esta tarde tienes cita con el odontólogo y que esta noche has quedado con tus padres para celebrar su trigésimo séptimo aniversario. Ya he encargado las flores que me ordenaste. No desfallezcas, estoy segura de que mañana batirás tu marca. Que tengas un buen día.

For some reason I can’t explain
once you’d gone there was never,
never an honest word.
That was when I ruled the world.

It was the wicked and wild wind
blew down the doors to let me in.
Shattered windows and the sound of drums,
people couldn’t believe what I’d become.

Con la respiración estabilizada, el sudor enjugado y sin esos latidos en la sien que lo asaltaban cada vez que terminaba de correr, permaneció con la vista fija en el iPhone y la mente en los ojos sorprendidos, tristes y airados de Sonia. Un pensamiento le pasó por la cabeza: Cierto, los teléfonos se vuelven cada día más inteligentes… casi al mismo ritmo al que algunos nos vamos volviendo más idiotas.

2 comentarios Ese principio de inteligencia artificial

  1. Laura de bife

    Excelente relato, Manuel !!
    Me fue atrapando todo el tiempo hasta llegar al final.
    Y sí…. La tecnología al servicio nuestro cada vez mejor y nosotros cada vez más estupidizados.
    Comparto totalmente tu reflexión.
    Saludos!!
    Sigo por aquí, siempre.
    Lau.

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