Me he topado en Photofocus con una cita del genial cineasta y fotógrafo Robert Frank, una reflexión bastante poco acertada acerca del negativo impacto que la popularización de la fotografía y su omnipresencia en la vida contemporánea tiene para su consideración como disciplina artística, como arte:

"Hay demasiadas imágenes, demasiadas cámaras ahora. Todos estamos siendo observados. Una situación cada vez más absurda. Como si todo fuese significativo. Nada es realmente tan especial. Es sólo vida. Si se captura todo, entonces nada es hermoso y tal vez la fotografía deje de ser un arte. Tal vez nunca lo fue".

La afirmación -las diversas afirmaciones- que el autor de ‘The americans‘ vierte en este fragmento denotan, por un lado, una visión claramente elitista del arte (“hay demasiadas cámaras ahora”, demasiada gente haciendo fotos); y una incomprensión manifiesta de la diversidad de usos que ponen a nuestro alcance las herramientas de creación (“si se captura todo, entonces nada es hermoso”, sólo se debe plasmar lo ‘hermoso’).

Frank asume como ‘natural’ el hecho de que sólo un grupo privilegiado de personas está llamado a la expresión artística, una visión heredada de siglos de aristocracia cultural basados en factores como el difícil acceso a la formación y a los medios de producción, la necesidad de control por parte de los poderes dominantes o la disponibilidad de tiempo para la realización personal.

Sin embargo, esta visión sesgada e interesada del hecho creativo se desmorona ante una realidad incuestionable: todo ser humano es un creador. Es precisamente la capacidad de crear, de imaginar, lo que nos diferencia del resto de los seres vivos. Sólo la especialiación, la escasez de medios y el resto de los factores a los que antes hacía referencia han ido minando y distorsionando esta aspiración natural del ser humano. Un estado de cosas que hoy día comienza a desplomarse gracias a los avances en la formación, aumento del tiempo para el ocio, la progresiva democratización de la cultura y, sobre todo, a la irrupción de las nuevas tecnologías, que permiten disponer de las herramientas necesarias de forma cada vez más asequible.

Pero el arte es también, ante todo, expresión, un acto de comunicación que se ejerce a través de la recreación de la realidad. Y, por tanto, su grado de elaboración y sus pretensiones dependen en gran medida de los conocimientos, habilidades e intenciones del sujeto creador. Tomemos como ejemplo la escritura. ¿Dejó de ser un arte cuando se popularizó, cuando los medios y conocimientos estuvieron al alcance de todos? Millones de personas escriben cada día, cartas, poemas, instancias, invitaciones, relatos, diarios, artículos… ¿Ha acabado esto con la literatura? Muy al contrario. No hay más que ver la espectacular progresión de los distintos géneros literarios a raíz de la invención de la imprenta o de la instauración de la escuela pública y el aprendizaje generalizado de la escritura y la lectura.

Lo mismo podríamos decir de la música, de la ciencia… La democratización –socialización, popularización, universalización, ponga usted lo que quiera– de la cultura y el arte no acaban con la cultura y el arte, los hace crecer.

¿Seremos todos Robert Frank? ¿García Márquez, Chirino, Bernstein o Picasso? Evidentemente, no. Ni falta que hace. Pero todos podremos explorar nuestra capacidad, que no sólo es capacidad, sino necesidad y derecho fundamental. Al igual que la escritura, unos la utilizan para desarrollar conceptos estéticos, otros simplemente para comunicarse con su familia, muchos para rodearse de recuerdos, algunos para documentar hechos, hay quien le da un uso legal, algunos proyectan en ella sus más profundos pensamientos y los más la utilizan para divertirse.

Pero basta echar un vistazo a las creaciones contemporáneas para erradicar de nuestra mente la idea de que la fotografía como arte está herida de muerte. Jamás se vio tal explosión de destreza técnica y de talento.

Lo único que ocurre con la fotografía es que se enfrenta en estos tiempos a lo mismo que tuvo que enfrentarse la escritura o la música siglos atrás. Y a Frank le ocurre lo mismo que a aquellos aristócratas que se tiraban de las barbas ante la simple idea de que cualquiera pudiese aprender a leer, escribir, sumar, restar, pintar o descifrar una partitura. ¡Qué locura todo el mundo escribiendo de lo que sea!

Si lo que asusta es la sobreabundancia, la fecundidad derivada de la democratización de los conocimientos y las herramientas, basta echar mano –como en todo– de los filtros necesarios para la criba. Nadie te va a obligar a que veas su ‘selfie’ o la última monería de su mascota. Pero, afortunadamente, tampoco nadie puede evitar que cada cual plasme en imágenes lo que le parezca. La fotografía popular está aquí para quedarse. Y eso no perjudica en nada al arte. En todo caso, lo alimenta.

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