"El juicio sobre una práctica profesional se establece analizando el tratamiento dado a una información, pero las intervenciones del periodista en las redes sociales pueden confundir este análisis o propiciar conclusiones erróneas. Una cosa es atender la crítica razonada, para rebatirla o asumirla, y otra responder a provocaciones que únicamente pueden alimentar una riña inútil y que seguramente está en la intención de quien la inicia. La paradoja reside, como escribió la defensora de A Folha en un polémico asunto, en que quien necesita y trabaja por la libertad de expresión debe limitar la propia para proteger su credibilidad y la del medio".

No terminan de convencerme los argumentos esgrimidos por Tomàs Delclós, defensor del lector de ‘El País’, en su artículo del pasado 12 de enero acerca de los límites de la participación personal de los periodistas por cuenta ajena en las redes sociales -e Internet, en general-. Especialmente esa sentencia final, recogida en la cita que reproduzco al principio, en la que alude a la necesidad de limitar la libertad de expresión para proteger la credibilidad, aunque esto constituya una paradoja.

Nos enfrentamos a un tema complejo, desde luego, pero un tema que, o bien se resuelve desde la propia perspectiva de lo que significan Internet y las redes sociales para las libertades individuales y de expresión o estaremos errando el tiro.

¿Hasta qué punto la participación personal del periodista -o de cualquier empleado- en la Web 2.0 debe estar supervisada o controlada por la empresa en la que presta sus servicios? Hace casi un año reflexionaba precisamente sobre esta misma cuestión en un post titulado ‘¿Deben las empresas tutelar la acción 2.0 de sus empleados?‘ y concluía que cualquier tipo de solución a este problema pasaba por el consenso entre el colectivo de trabajadores y los cuadros corporativos.

La mayor parte de los ejemplos aportados por Delclós -y otros que se han puesto en marcha- hacen referencia a ‘libros de estilo’ impuestos desde órganos directivos, como si la actividad online de los trabajadores fuese una extensión de su vida laboral.

¡Error!

Hay varios aspectos que ponen en solfa esta deriva:

El periodista -aquí, y en adelante, ponga usted la profesión que quiera- tiene conciencia propia más allá del medio al que pertenece y tiene perfecto derecho a expresarla al amparo de la libertad de expresión. Esto es algo que no sólo garantiza la Constitución Española, sino cualquier carta mínimamente democrática, incluida la Declaración de los Derechos Humanos.

El periodista interviene en las redes sociales como individuo, no como empleado. Sus opiniones son suyas, no del medio para el que trabaja. Sus errores, también. El tiempo que emplea es su tiempo libre y si esa actividad le ocasiona algún gasto es él quien lo sufraga. Si la empresa aspira a convertir esa actividad en extensión de su compromiso laboral, en buena lógica debería retribuirle por ello.

– Es cierto que puede haber alguien -muchos en algún momento, quizá- que de forma mezquina intente vincular las opiniones o equivocaciones individuales del periodista con las del medio para hacer daño a uno u otro, o a los dos. Bien, este tipo de actitudes se dan de forma frecuente, dentro y fuera de la Red, pero la única forma de combatirlas están relacionadas precisamente con la claridad y la transparencia: hablo yo, no mi medio. Como cualquiera, también puedo -y tengo derecho- a equivocarme. Puedo disentir de la línea editorial de mi periódico. ¡Qué mejor forma de reforzar la credibilidad!

¿Por qué ‘libros de estilo’ para la participación en redes y no, por ejemplo, para la participación en tertulias de radio o televisión, donde, en no pocos casos, asistimos a espectáculos realmente deplorables que sí dañan la imagen del periodista y del medio? ¿Cuál es la diferencia? Mi admirado Fernando Garea no cesa de repetir en ‘La Sexta noche‘ que en ese espacio él habla como Fernando Garea, no como ‘El País’. ¿Por qué no puede hacerse lo mismo en Twitter y Facebook?

– ¿Puede darse el caso de que el empleado acabe dañando -de forma consciente o inconsciente- a su empresa en aspectos sensibles, como la imagen, y atente contra aspectos como el secreto profesional? Desde luego. En Internet y fuera de Internet. Pero esas disfunciones ya vienen reguladas por condiciones contractuales y normas generales de cada compañía. Antes y ahora. Hay una vacuna que previene cualquier desliz en este aspecto: el sentido común. Y una terrible consencuencia para su inobservancia: el despido procedente.

– Y, por último, insisto, no podemos eludir un aspecto esencial: hablamos de la Web 2.0, de la Internet de las personas, abierta, democrática y participativa, de las redes sociales, de la conversación, de la transparencia, de la bacanal de la comunicación. ¿Realmente crees que puedes ponerle puertas al campo?¿Realmente crees en una ‘solución vertical’? Imposible. Cualquier respuesta medianamente eficaz a los problemas derivados de la acción en la Red ha de estar necesariamente imbuida de la misma filosofía que la impregna.

Si se han de establecer unos criterios y un ‘estilo de participación’, éstos han de ser producto de un proceso horizontal y abierto, con la aportación de todos los estamentos de la empresa y la asunción voluntaria por parte de los empleados de los acuerdos que se establezcan.

Hay que perder el miedo a la conversación y confiar, ahora más que nunca, en aquellos que forman parte de tu empresa. Si intentas controlar lo que ha de ser por fuerza expresión espontánea, libre y personal, flaco favor le estarás haciendo a tu mercado, a tu gente y a tu propia compañía.

"La paranoia mata la conversación. Esa es su meta. Pero la falta de una conversación abierta mata a las empresas".

Este punto del ‘Manifiesto Cluetrain‘ expone bien a las claras la dimensión del problema. Si, al final, la participación de un empleado en la red social responde a los criterios y ‘estilo’ de quien lo contrata, estaremos pervirtiendo la esencia misma de la conversación. ¿Con quién hablo? ¿Es realmente eso lo que piensas? ¿Me puedo fiar de ti? ¿Estoy dialogando contigo o con tu empresa?

Eso, y no la libertad de expresión, es lo que de verdad atentaría contra la credibilidad del medio y del periodista: paradoja resuelta.

"Los mercados son conversaciones.

Las conversaciones entre seres humanos suenan humanas. Se conducen en una voz humana.

La Internet hace posible tener conversaciones entre seres humanos que simplemente eran imposibles en la era de los medios masivos de comunicación".

Pero no se acaba de entender.

1 comentario Periodistas e Internet: paradojas, credibilidad y libertad de expresión

  1. Óscar Torres

    Los medios se muestran temerosos, y hasta cobardes, si se permite la expresión (no quiero que nadie se ofenda), cuando por medio de la expresión de una opinión queda en evidencia que lo que ha hecho el propio medio es optar (por un enfoque, por un titular, por una fuente sobre otra) en lugar de presentar la realidad con absoluta (e imposible) neutralidad. Al medio le preocupa que la opinión del periodista, su empleado, se entienda como incompatible, aunque sólo sea en parte, con la verdad publicada.Y hay más preocupación por lo que el periodista diga en las redes porque se entiende que lo que pueda decir en una tertulia de radio o televisión está más “controlado”, más sujeto a las convenciones que impone trabajar para tal o cual medio, que lo manifestado en un medio con más feedback y más posibilidades de retroalimentación. Siento haber comentado este post con algo de retraso. No conocía el blog hasta hoy, lo que dice poco a mi favor. Saludos.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *