No es difícil imaginar la sensación de perplejidad que experimentaron nuestros ancestros primitivos ante los primeros descubrimientos, el dominio de los elementos naturales o la invención de las primeras herramientas, adelantos vitales para la supervivencia de aquellos simios aventajados -y, a la postre, para el devenir de la humanidad-, pero que atesoraban en su propia esencia una inquietante dualidad ventaja-riesgo.

Controlar el fuego, por ejemplo, hacía posible mejorar muchos aspectos de la vida primitiva: cocer los alimentos, combatir el frío, iluminarse en la noche, ahuyentar a los depredadores… Pero también era susceptible de accidentes y de usos perversos y negativos para la comunidad, como elemento de agresión frente a propios o extraños y, por tanto, como arma para someter al prójimo, para alcanzar y sostener el poder.

No hay crónicas que nos ilustren acerca de las reacciones coetáneas ante tal descubrimiento, pero tampoco es exagerado pensar que, ante un impacto de tal calibre, las tuvo que haber para todos los gustos -gustos cavernícolas, cierto, pero gustos al fin y al cabo-: desde apuesta absoluta por aquel inesperado prodigio hasta rechazo frontal por miedo a lo desconocido, férreas convicciones, convencionalismo o temor a perder algún privilegio social.

Sin embargo, el dominio del fuego se impuso. Y no sólo se impuso, sino que constituyó uno de los principales puntos de inflexión para la evolución de nuestro género. Con sus ventajas y sus riesgos, nadie en su sano juicio pone en duda la trascendencia de este logro para ser lo que somos hoy día.

Desde entonces, no ha habido hito, descubrimiento, creación o invención de alcance que no haya corrido la misma suerte. Todos, en sus inicios, han estado sometidos a la contienda entre la aceptación y el rechazo, sus ventajas e inconvenientes, su ‘bondad’ o su ‘maldad’. Mazos, cuchillas, hachas, agujas, rueda, escritura… y así progresivamente hasta los últimos adelantos tecnológicos han contando siempre con sus defensores y sus opositores, en un tránsito no pocas veces teñido de censuras, incomprensiones, prohibiciones, vejaciones, persecuciones, encarcelamientos, torturas y hasta martirios.

Internet no es una excepción. La mayor herramienta de comunicación con la que jamás hemos contado los hombres y mujeres que hemos pasado por este planeta también tiene sus detractores. Unos, porque ven en ella una seria amenaza para el poder; otros, porque la ven como una aliada del poder; unos, porque desonfían de tanta relación social; otros, porque vaticinan que acabará con las relaciones sociales; unos, porque sostienen que amenaza la libertad individual; otros porque odian todo lo que suponga cuotas de libertad…

Hoy me he topado con un artículo que viene a ser fiel reflejo de esa reacción ante la irrupción de elementos que pueden cambiar radicalmente nuestro mundo. En ‘Internet no lleva al cambio político‘, Juan Cabrera se hace eco de una parte de los tópicos que cuestionan la valía de la Red como herramienta de cambio social. Para no aburrirlos, Cabrera arremete, escudándose en autores como Jaron Lanier, Evgeny Morozov, César Rendueles o Moisés Naim, contra lo que él denomina ‘ciberfetichismo’ o ‘utopía digital’: básicamente, “la idea de que Internet es un salto adelante que, bien aprovechado, nos hará más eficientes y más libres, y que, en última instancia, ayudará a lograr una sociedad más justa y participativa”.

Para ello, Cabrera echa mano de citas que tildan a la Red de “mundo desinformado y tedioso”, “poderosa herramienta de represión” o “zoológico en ruinas donde se conservan deslustrados los viejos problemas que aún nos acosan” porque, en definitiva, y citando a Rendueles, “los efectos movilizadores de Internet son escasos y en algún caso produce el resultado adverso, es decir, desilusionan a la gente (…) Sin diseño institucional, el mundo digital no puede superar problemas como la injusticia o la pobreza”.

Acabáramos. No le pedimos a Internet que sea lo que es, es decir un poderoso canal de comunicación, le reprochamos nada más y nada menos que no sea capaz de acabar con la injusticia y la pobreza. Como si alguien o algo lo hubiese logrado o haya expectativas de que lo pueda lograr alguna vez.

Actitudes como éstas se encuadran en lo que podríamos denominar ‘síndrome de la conciencia material’, es decir achacarle al objeto defectos –o virtudes– humanos, olvidando que aquél no es más que un instrumento cuya ‘bondad’ o ‘maldad’ depende exclusivamente del uso que de él se haga, más allá muchas veces incluso del objetivo para el que fue creado.

Por tanto, no digamos ‘los efectos movilizadores de Internet son escasos’, digamos mejor –en su caso– ‘aún no sabemos cómo movilizar efectivamente a través de Internet’. ¿No sirve para ‘superar la injusticia o la pobreza’? ¿Quién, la Red o nosotros?…

Negar la evidencia de que Internet es una de las mayores conquistas de la historia de la humanidad, una herramienta cuyo potencial apenas si estamos comenzando a conocer, pero que ya está revolucionando prácticamente todas las áreas de actividad y conocimiento, se me antoja una extravagancia. ¿Que puede ser un canal perfecto para el control ciudadano? ¿Que puede ser una vía exitosa para la delincuencia? ¿Que no resulta útil para la movilización a la antigua usanza? Claro. Como también puede ser un canal perfecto para eludir el control del poder, una vía exitosa para la denuncia y resolución de delitos o extraordinaria para generar nuevos tipos de movilizaciones.

Sorprenderse de que el poder intente hacerse con el control de la Red y usarla en su beneficio deja entrever un cierto desconocimiento de la dialéctica histórica y de la dinámica de los procesos innovadores. El poder siempre lo ha hecho con todos y cada uno de los grandes avances de la humanidad. Y cuando no lo ha conseguido, entonces el poder emanado de los procesos innovadores ha tomado su lugar. Y así hasta que nuevos avances y nuevos descubrimientos han ido creando las condiciones para nuevos cambios de poder, es decir de modelos políticos y económicos. Pasó con la rueda, pasó con la imprenta, pasó con la moneda, pasó con la industria y, sí, sorpresa, continúa ocurriendo en la actualidad.

Internet es una herramienta, y será lo que nosotros queramos que sea. Ésa es la partida que han tenido que jugar todos nuestros antepasados con sus respectivos avances y descubrimientos, y la que nos toca jugar a nosotros ahora: lograr que la Red sea –permanezca, más bien, como– una plataforma libre, abierta, democrática, socializada y movilizadora.

Rechazarla o cuestionarla por los malos usos que de ella se puedan hacer o por incapacidad para aprehender su utilidad no refleja más que temor, ignorancia, recelo o fe en convicciones caducas. En cualquiera de los casos, un desacertado análisis de la realidad que no puede llevar más que a conclusiones equivocadas, pues del mismo modo que se destacan sus inconvenientes se obvian sus ventajas y, sobre todo, la capacidad del ser humano para, en cualquier caso, transformar los instrumentos de que dispone para alcanzar sus objetivos.

Claro que Internet no lleva al cambio político, quienes pueden hacerlo son las personas. Así ha sido, es y me temo que será siempre. Pero para hacerlo hacen falta herramientas, y hasta que no se invente aquélla que genere revoluciones con solo darle a un botón, la Red, por su enrome capacidad para la comunicación universal, libre, directa y multidireccional, se perfila como la mejor o con mayor potencial, por ahora, para este y, desde luego, muchos otros cometidos.

Más que negar o dudar del valor, importancia o utilidad de Internet como motor de progreso, lo que realmente toca es imaginar, diseñar, trabajar y desarrollar modelos que aprovechen todo el potencial que ofrece la herramienta. Y, créanme, son muchos. Lo demás no son más que murmullos de contrariedad en el gran concierto de la evolución.

A pesar de los siglos que llevamos andados, de toda la historia y experiencias que acumulamos, parece que seguimos igual de desconcertados ante al fuego. No hemos dejado de ser ese mono perplejo que se enfrenta nervioso, confuso y asustado a los logros que nos brinda el progreso. Simios aterrados frente al monolito del conocimiento, como en aquella secuencia inicial de la inolvidable odisea espacial de Stanley Kubrick.

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