Nota: Esta historia tiene dos inicios y dos finales, pero sólo un punto de partida y un desenlace. Puedes leerla en dos direcciones, siguiendo la numeración de los bloques en orden ascendente o descendente. El orden de los factores no altera el relato.

I (VII)

Y

ahí yace tendido sobre la acera. El barrio, siempre bullicioso y agitado a estas horas, anda sobrecogido por el suceso. Los curiosos se agolpan alrededor del cordón de seguridad que ha establecido la policía, las ventanas y balcones rebosan desconcierto, atestados de ojos empañados y figuras desaliñadas que miran en un sola dirección. En los corrillos, la gente discute los detalles, critica la inseguridad del tráfico en el barrio, especula sobre la identidad del desdichado joven o da rienda suelta a sus emociones. Los servicios de emergencia, incompetentes para contravenir a la muerte, se resarcen atendiendo al conductor del cuatro por cuatro, presa de un ataque de ansiedad. El forense acaba de certificar la hora de la muerte. Ocho y veintiséis minutos de esta fría mañana. El juez ordena el levantamiento del cadáver.

II (VI)

No serían más de las ocho y cuarto cuando, justo allí, a las puertas del estanco de Julián, donde ahora su cuerpo permanece cadáver, el joven hojeaba con impaciencia el periódico que acababa de comprar. Parecía buscar algo en concreto, algo que sin duda halló cerca de la contraportada, pues detenerse en la plana, levantar la cabeza, poner los ojos en blanco, sonreír, cerrar el periódico y echarse a andar fue todo uno. Mascaba chicle. Soraya, la ayudante de Julián, muy afectada, dice que eso precisamente es lo que le había vendido, el periódico, unos clínex perfumados y un paquetito de chicles de hierbabuena sin azúcar, que parecía tan contento, con sus bromas y sus galanterías, que cómo es la vida, que no somos nada. Si hubiese cruzado unos segundos antes, insiste un desconocido, nada le habría ocurrido, pues los autos permanecían retenidos unos metros más allá, en el semáforo. Pero el joven pareció dudar un instante, como si acabase de recordar algo importante, observó sus zapatos detenidamente, retocó uno de ellos con un pañuelo de papel y acto seguido prosiguió su impetuosa marcha. Apenas unos segundos. ¿No es terrible? Cosas del azar.

III (V)

El impacto fue brutal, según los testigos. El joven se lanzó al asfalto sin mirar, como si no hubiese carretera. No lo hizo por paso de peatones o semáforo alguno, sino así, de buenas a primeras, por donde mejor le pareció, apresurado y ufano, con esa alegría que otorga la inconsciencia, o con la inconsciencia propia del embeleso. El conductor declaró a la policía que lo encaró de pronto, que arrancó en verde y lo vio surgir como una aparición de la parte posterior de esa camioneta blanca que aún podemos ver ahí, estacionada, que no tuvo tiempo ni de hacerse a la idea, que cuando al fin atinó a frenar, la víctima estaba ya de vuelta en la acera. Tendida, bañada en sangre, destrozada. Tres o cuatro vueltas de campana, topetazo contra la camioneta, rebote, y contra el bordillo de la acera ya al caer, ésa es la versión más extendida. Luego, como un muñeco destartalado, con la cabeza abierta, justo delante del estanco de Julián. Fue Julián quien llamó al 112 desde su smartphone. Los sanitarios de la UVI móvil no pudieron hacer nada. Muerte instantánea. No habían tardado más de diez o doce minutos en llegar.

IV

Poco antes, a eso de las ocho menos veinte, el joven acababa de salir del portal de su edificio y se disponía a doblar la esquina para incorporarse a la vía principal. Andaba con premura y absorto, como impelido por el motor de una dulce expectativa. No vio la boñiga de perro que decoraba el adoquinado hasta que fue demasiado tarde. Hasta que el contacto con el zapato derecho del par que reservaba para las grandes ocasiones fue inevitable. ¡Mierda! Afortunadamente, sólo la suela, y una pequeña salpicadura en el talón. Nada que no pudiera arreglar allí mismo con unas hojas del bloc que siempre llevaba en la mochila, algo de saliva y un buen raspado en el borde del pavimento. Lo peor, el hedor. Tras el improvisado fregado, se acercó el zapato a la nariz. Aquello olía a demonios. Era un olor repulsivo y penetrante. El olor de una cagada, a fin de cuentas. Calculó que, si todo iba bien, aún le quedarían por andar unos tres o cuatro kilómetros, quizás el roce y el polvo acabasen por diluir aquella pestilente fragancia, quizás un clínex perfumado. De no ser el día que era, podría haberse tomado el incidente como un presagio. Pero hoy no. Hoy, imposible.

V (III)

Ya en la calle mayor recordó lo que le acababa de comentar el portero en la escalera. El presidente había instado al buen hombre a informarle de que acumulaba un retraso de seis meses en la cuota de la comunidad. ¡La comunidad!, si a duras penas alcanzaba a cubrir el alquiler a mes pasado. Por mí no es, ya lo sabe usted, pero es que hay reunión dentro de dos semanas y se avecina derrama, la fachada, ya sabe, hay notificación del Ayuntamiento, y además los propietarios están por la labor de denunciar a todo el que incumpla. Y no es usted el único, no, pero qué quiere que le diga, yo tengo que comunicárselo, yo lo que diga el presidente. Se detuvo, como cada mañana de los últimos doce días, ante el escaparate de la joyería. El colgante seguía allí. Ella le había dicho que no se preocupara. Un beso o cualquier tontería, con eso le bastaba, ya vendrán tiempos mejores. Su cumpleaños era el martes. Sí, con suerte los tiempos mejores estaban al caer. Lo esperaban ahí mismo, a siete u ocho manzanas. Improvisó un wasap. Hoy tb te quiero. Bip bip bip. Y yo. Suerte cari. Sintió un golpe seco en la nuca. ¡Estamos dormidos todavía!, le gritaba Juan Arena, un viejo amigo del vecindario, sin detenerse, sonriendo al pasar de largo, alejándose cada vez más de él. Casualidades. Precisamente durante la ducha, unos tres cuartos de hora atrás, el joven se había acordado de su amigo al realizar una comparativa entre su situación económica y las de sus compañeros de generación. Muchos estaban como él, otros habían emigrado, algunos se habían dado a la mala vida y estaban los que, como Juan Arena, habían logrado la estabilidad. La familia de Juan, por ejemplo, tenía una panadería y, aunque Juan había estudiado ingeniería, se había integrado en la empresa familiar ante las escasas perspectivas de trabajo. Había pasado de ingeniero a ingeniero-panadero, y de ingeniero-panadero a panadero en apenas cuatro años. Se había casado y tenía una hija preciosa. Él, en cambio, huérfano de posibles genealógicos o pymes parentales no había logrado más que el auxilio de contratos temporales y tenía que conformarse con la alternancia entre ocupaciones precarias y prestaciones por desempleo. Formar una familia ni se le pasaba por la cabeza. Su único objetivo era subsistir. Subsistir, y luego ya se vería.

VI (II)

Había realizado su media hora de ejercicios diarios. Nada más levantarse. En casa. Flexiones, pectorales, abdominales. A veces salía a correr, pero esa mañana decidió que hacía demasiado frío. Tras la ducha, se vistió con lo mejor. Se preparó café y untó un par de rebanadas de pan con mantequilla. Durante el desayuno, no pensaba en otra cosa que en el momento de abrir el periódico y ver su nombre allí, en la lista de admitidos, en el anuncio con que, sólo ese día y a través de la prensa tradicional, la compañía había decidido hacer público el resultado de la selección de candidatos. No entendía por qué no lo colgaban en su web oficial, sus razones tendrían. Eso sí, si resultaba agraciado debía presentarse a las nueve y media de la mañana, sin falta, en las oficinas centrales, so pena de perder el puesto y hacer correr la lista para la incorporación del primer suplente. Por suerte, el enorme edificio de la multinacional se hallaba a sólo quince minutos a pie del barrio. Cogió el móvil. Preparó la mochila. Tenía un presentimiento. Bueno. La entrevista y el examen le habían salido fenomenal. Eso pensaba. Se los había preparado a conciencia.

VII (I)

E

l despertador había sonado a las seis y media. Sin apenas transición entre el sueño y la vigilia, se había incorporado de un salto, empujado como un resorte por un espontáneo impulso mezcla de ánimo y contenida felicidad. No tenía tiempo que perder. Aquél iba a ser su gran día.

Foto: Wikipedia

6 comentarios ¡Mierda! (Una historia del revés)

  1. Jose

    Se extrañaban tus letras Manuel!!!
    Lindo articulo. Me gustaría tener ese talento para narrar historias.
    Espero vuelvas seguido a escribir tus sentires que hasta por aquí se sienten.

    Abrazo grande desde Argentina

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