N

o, mami, no quiero irme solo a la cama.

– Los monstruos no existen, Rayco, ¿cuándo lo vas a entender? –sonrió su padre desde el sofá, sin levantar el dedo ni la vista de la pantalla del iPad.

– Vamos, cielo, ¿qué te parece si te acaricio el pelo hasta que te duermas? –propuso su madre.

¡Claro que existían! ¡Sus padres eran unos auténticos memos! ¿Cómo no iban a existir, si él llevaba ya tres noches seguidas escuchando sus pasos al pie de la cama? Pasos que parecían provenir de la ventana, y se acercaban y se alejaban a toda prisa en cuanto abría los ojos. ¡Los monstruos no existen! ¡Los Reyes no existen! ¡Los extraterrestres no existen! ¡Cuántos prejuicios, qué simples eran sus padres! Que los monstruos existían lo sabía hasta el más tonto del cole, lo sabía Disney, lo sabían en Pixar, lo sabía Harry Potter, lo sabía hasta Stephen King. ¡Lo sabía cualquiera con dos dedos de frente! Pero no, para ellos los monstruos no existían. Con eso tenía que apechugar.

¡Acariciarme el pelo! No digo que no me guste, porque me gusta y me relaja. ¿Pero acaso cree mi madre que es acariciarme el pelo y ya está? Buf, te froto el cabello y los monstruos desaparecen. Como por arte de magia. Ingenuos. Había ido a parar al hogar más ingenuo de los padres más ingenuos del barrio más ingenuo del mundo y del universo.

– Mami, yo los oigo.

– ¿Qué vas a oír, cielo? Eso son los ruidos normales de toda casa, una ráfaga de viento, algún animalito travieso, nuestros pasos por el pasillo… ¿Tú los has visto alguna vez?

– Aún no.

– ¿Entonces?

Insufribles. Eran insufribles. Como si ellos sólo creyesen en lo que veían. No paraban de hablar del amor, y el amor no se ve. No paraban de hablar de ideas, y las ideas tampoco se ven. No paraban de hablar de cosas tan invisibles como el viento, el aire, el oxígeno, los microbios, las bacterias (¡las malditas bacterias con las que te obligan a lavarte las manos!), los agujeros negros… ¡Y na-da-de-e-so-se-ve! ¡No se ven! ¡No se ven! Ah, pero los monstruos no, los monstruos no, a pesar de todas las pruebas registradas en libros, videojuegos, cómics y películas. Pero ellos eran así. Estaban ciegos, preferían vivir de espaldas a la realidad.

Entonces llegó el sueño. Nunca fallaba. Puede que los monstruos no desaparecieran, pero el roce de los suaves dedos de su madre sobre el cuero cabelludo, jugando a desarmar cualquier nudo oculto en los mechones de pelo, era una terapia infalible. Y, si a eso le sumamos el tenue arrullo de su voz entonando alguna canción de su infancia, con esa voz cálida e hipnótica que lo dejaba pajarito, y el aliento dulce y aterciopelado de las madres que no fuman (porque él conocía a otras madres que fumaban y no, no era el mismo aliento), pues como decía, si a las caricias le sumamos todo eso, no había nada que hacer. Quedaba anestesiado en un instante. Ésa era su táctica.

Pero él también tenía la suya. Le había ordenado a su cerebro que sí, que se dejara relajar, pero que mantuviera una lucecita encendida, un retén de guardia que permaneciera alerta toda la noche atento al menor indicio de monstruosidad. Y su cerebro nunca le fallaba. Es más, a veces se pasaba y él se veía desvelado en mitad de la madrugada sin motivo ni indicio ni nada. Y entonces reprendía a su cerebro como un buen general:

– Cerebro, cerebrito, te he dicho mil veces que sólo me despiertes en caso de extrema necesidad: ogros, gnomos, vampiros, fantasmas… de ahí para arriba. ¿Ok? Gracias.

Y entonces sonó la alarma. La alarma era una vocecita que bajaba del cerebro a su oreja y le gritaba, pero muy bajito, ¡los monstruos!, ¡los monstruos! y él se despertaba justo en el momento de escuchar unos pasos o de ver pasar una sombra a toda velocidad. Pero aquella noche la vocecita no le gritó lo de ¡los monstruos!, ¡los monstruos!, sino que se limitó a susurrarle al oído alguna que otra pregunta inquietante. Preguntas como ¿no sientes demasiada presión en la cabeza?, ¿no crees que ése no es el tacto de tu madre?, ¿y esas uñas tan largas y duras?, ¿y todo ese pelo enmarañado?, ¿y si no es tu madre?, ¿a tu madre se le ha puesto voz de oso? Abrió los ojos y alucinó. Aaaaaaah, exclamó para sus adentros (en realidad quería exclamar para sus afueras, pero le resultó imposible por la impresión). ¡Los monstruos!, ¡los monstruos!, gritó ahora sí la vocecita, pero ya era demasiado tarde. Y ahí estaba él, mudo de sorpresa y con los ojos como platos, dejándose acariciar por un ser que parecía surgido de lo más recóndito de lo más recóndito de lo más recóndito de cualquier relato recóndito de Halloween.

Tenía tres ojos y una boca enormes. Los labios parecían estar del revés, la nariz era como una moneda perforada por tres partes y las orejas eran alas de mariposa, o eso le pareció ver. Tenía tres cuernos diminutos que le salían de la cabeza, como pequeñas protuberancias de las cuales una, la del centro, era muy similar a una antena parabólica. Aquel ser era enorme y estaba todo envuelto en pelo, como un peluche pero a lo bestia, como si estuviese cubierto de una o varias capas de algodón deshilachado y de múltiples colores. Tres brazos muy delgados, tres manos en cada uno y en cada una, tres dedos, y no se sabe cuántas piernas, porque en un principio, desde aquella posición, no las podía ver. Por lo demás, no llevaba más que una cinta de color rosa intenso atada en lo que parecía una frente. Es un monstruo friki, pensó, al tiempo que censuraba abiertamente a la vocecita de su cerebro por no alertarlo a tiempo. Pobre, seguro que se quedó tan pasmada como yo. El monstruo parecía embobado, como abstraído, observando los juguetes que permanecían esparcidos por la habitación y cantaba algo ininteligible. Él, al menos, no había escuchado jamás nada similar.

– ¿Quién eres? –logró articular haciendo acopio de fuerzas.

El monstruo dio un respingón, sobresaltado, y se puso en pie. Ahora Rayco podía ver que no tenía patas, sino unas extrañas extremidades parecidas a ruedas, que se enroscaban y desenroscaban compulsivamente. Eran tres también. A la vista estaba que el monstruo se había despistado y se había dejado ver, cuando quizá no fuera ésa su intención. El niño creyó percibir que el monstruo se lo pensaba, y tomó como una expresión de apuro la elevación simultánea de sus tres pupilas, como si intentase encontrar algo en el techo.

– Don’t worry –dijo, al fin.

¿Don Guorri?, se preguntó el chico, ¿se llama don Guorri o Dan Gorri? ¿Don Guarro?, y se echó a reír. ¡Don Guarro!

– Please, shut up, shut up –rogó don Guarro, moviendo ostensiblemente sus tres brazos.

Ahhhh, please. Este monstruo habla en inglés, adivinó al instante. ¿En inglés? Pues menuda faena, porque yo de inglés sé sólo tres o cuatro frases.

– You a monster? –dijo, exprimiendo la asignatura.

– No, hehehe, not a monster. A lovster –respondió el ser, divertido.

– ¿Qué? –a Rayco lovster no le sonaba de nada.

– A lovs… Oh, wait. Well, ummmm, if you want I speak spanish you must kiss my forehead.

El niño lo miraba estupefacto. No había entendido un pimiento. Sólo palabras sueltas: if, you, want, kiss, my.

– I see, well, ummmm. You…

– Tú –fue traduciendo el chico.

– must…

– …

– kiss…

– un beso

– my…

– mío

– forehead.

– fojé, ¿qué es fojé?

El monstruo, perdón, el amorstruo, el amanstruo, el cariñonstruo, o como quiera que se pudiera traducir el nombre de la estirpe de aquel saco de greña, no perdía la paciencia.

– Look –avisó, y comenzó a gesticular, como si jugase a adivinar películas–. Yoouu –dijo, alargando dramáticamente los fonemas y extendiendo uno de sus tres brazos hacia el niño. Yoooo, dijo éste–, kiiiss –indicó, poniendo sus enormes labios invertidos en posición. Un beesooo– mmmy –señalándose a sí mismo. A tiiii– forehead –acercando su inmensa frente al chico. ¿En la frente?–. Yes! Kiss here! Here!

Y Rayco lo besó. El lovster sacudió dos o tres veces la cabeza y, de repente, comenzó a hablar un perfecto español de Pucela. Le contó que se llamaba 01010100 01110010 01100101 01110011 00100000 01100100 01100101 00100000 01100011 01100001 01110011 01101001 00100000 01110100 01101111 01100100 01101111 (Tres de Casi Todo, en español) y que provenía del núcleo de la Tierra, que en realidad era la CPU de un enorme ordenador desde el que se gobernaba el universo. El niño quiso saber qué era un lovster y qué lo diferenciaba de un monster, y el lovster le contó que todo lo que se moviera y acariciara, que no fuese animal o persona, era un lovster, al igual que todo lo que se mueve y asusta, no siendo animal o persona, es un monster. Y que los monsters, en realidad, son lovsters pandilleros y extravagantes, puros macarras que sólo quieren hacerse notar, unos idiotas, vaya. Y así se pasaron la noche, hablando de sus cosas, conociéndose y jugando. Hasta que comenzó a clarear. ¿Volverás esta noche, Tres de Casi todo? No me acuerdo, no lo sé, dijo el lovster, dejando al pequeño ni triste ni alegre, sino más bien desconcertado.

A la mañana siguiente, Rayco bajó a desayunar con la barbilla bien alta, caminando muy despacio, tieso, y revestido todo él de un cierto aire de suficiencia.

– ¿Saben? –les dijo a sus padres, sin mirarlos, dando buena cuenta de sus cereales con leche y cacao–. Anoche lo vi.

– ¿Qué viste? – preguntó su madre.

– A un lovster.

– ¿Un qué? – quiso saber su padre.

– A un lovster –repitió, chupando muy despacio la cuchara–, como un monstruo, pero bueno.

– Ah, un lovster –corearon ambos padres a su vez, mirándose y cruzándose gestos de perplejidad.

¡Sí, un lovster!, gritó. (Ah, ¿y cómo es un lovster?). Un lovster es como un monster, pero bueno, que se dedica a moverse y acariciar, en vez de moverse y asustar, y que habla en inglés, pero si les besas la frente hablan en español o en cualquier otro idioma que tú quieras, y que viven en un ordenador que hay en el fondo de la tierra. Y que por las noches suben a la superficie para eso, para acariciar a los niños y que no tengas pesadillas, y que tienen muchos ojos y muchos cuernos y muchos brazos y labios al revés y hilachas de pelo de algodón por todo el cuerpo y ruedas. Y que se llama un montón de números. Y que los monsters son unos pandilleros idiotas. Y que. Y que. Y que… Visiblemente agitado por la emoción, quedó como en estado de shock, repitiendo y que y que y que en un bucle que amenazaba con reproducirse hasta el infinito, dejando escapar chorros de leche y cacao de su boca para perderse mentón abajo hasta formar un charco sobre la mesa.

– ¡Vale! –cortó el padre–. ¡Ya está bien! Se hace tarde para el cole. Esas fantasías tuyas…

– Bueno, –medió la madre, limpiándole los restos de leche y cacao de la barbilla–, si tiene que imaginar algo el pobre, prefiero que sean lovsters y no monsters, la verdad. ¿Por qué tenemos que pensar que todo lo desconocido o extraño, lo que se oculta tras las sombras, ha de ser agresivo, espantoso o desagradable?

– Sí, tú dale cuerda. Ni lovsters ni monsters –espetó el padre, junto a la puerta, con la mochila en la mano–. Ya es suficientemente mayor como para dejarse de tonterías y comenzar a ver la realidad.

¿Tonterías? ¿Su padre había dicho ton-te-rí-as? ¿Él, precisamente él? ¿Ver la realidad? ¿Imaginario fue la palabra utilizada por su madre? ¡Por favor!, se decía tendido hacia atrás en el asiento trasero del coche camino a la escuela. Ya no malgastaría más sus fuerzas. Lo daba por imposible. Bien visto, si ya le resultaba difícil que reconocieran la existencia de los monstuos, ¿cómo iban a admitir la de los lovsters? Eran casos perdidos. ¡Qué ciegos estaban! ¡Cuánto daño había hecho la edad! ¡Cuánta ignorancia! ¡Cuántos prejuicios! Y lo peor es que no querían abrir los ojos.

Desde aquel día, Rayco insistió en hacerse llamar 01010010 01100001 01111001 01100011 01101111. Y ya nunca más tuvo miedo de irse solo a la cama. (Aunque de cuando en cuando –y esto que quede entre nosotros– aún pasó muchos años pidiéndole a su madre que lo acompañara. Pero no por miedo, mami, sólo para que me des las buenas noches… y eso del pelo que me relaja tanto).

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