L

e pide que se disfrace. Lo tiene todo dispuesto. Enfermera sexy. Gorrito, top, minifalda, brazalete, ligas, aguja, tacón. Encaje y cruces rojas. Será divertido. A ella le agrada la idea. Año y medio después, es su primera noche de juegos, el primer atisbo de fantasía en el lecho conyugal. A la enfermera le sigue la profesora, la científica, la secretaria, la ejecutiva, la tenista, la vedette… Al principio, de cuando en cuando. Pronto, de forma continuada. Insistente. Velada tras velada. Semana tras semana. Mes tras mes sin excepción. Ella goza, pero intuye que algo falla. Comienza a sentir nostalgia de sus encuentros pretéritos, aquellos en los que ella misma le bastaba, en los que él besaba y acariciaba su propia piel, que se perdía en sus propios ojos y en sus cabellos, sin la mediación forzada de atrezo ni imagen ajena, peluca, lentilla, maquillaje, antifaz. A ella le gusta jugar; sin embargo, aquello ya no es un juego. Quiere reaccionar, pero él no atiende. Parece preso de una obsesión insana, incapaz de disfrutar con la mujer que es, ésa a la que una vez deseó al natural, que necesita verla transmutada en otra a cada encuentro. Sin duda, ha dejado de amarla y busca con ese artificio conjurar el adulterio. Apenas repara en ella, sus expresiones de odio o de fastidio. Confunde resignación con goce, silencio con aquiescencia, sofoco con pasión. Y vuelven a pasar semanas, meses, años. Hasta que una noche, él pregunta. Quiere saber si no le ha molestado cambiar tanto de identidad durante este tiempo, y si no le apetecería que él mutase alguna vez. Ella dice que no, que hubo un momento en que sí llegó a torturarla, pero que ahora no le importa en absoluto. Porque esa mujer que está junto a él ya no es ella. Su mujer, la hembra desnuda a la que decidió suplantar, lo abandonó hace tiempo. Y desde hace tiempo también vive una aventura con un hombre que no sólo no necesita verla transformada en otra, sino que no se cansa de repetirle, una y otra vez, que ninguna otra podrá ser jamás como ella.

8 comentarios La extraña

  1. Albert Formosa

    qué buen relato! Maraviloso…! Ni el humillado ni el alabado, si son seres fuertes, nunca pierden su esencia…

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