Y

o era poco más que un niño cuando Johan Cruyff fichó por el Barça, y apenas manifestaba ciertos rasgos de adolescente cuando lo abandonó. Quizá por eso su recuerdo me llega impregnado de imágenes tan entrañables como las del primer amor, los pantalones –de campana–, el despertar de la conciencia o el afán de rebeldía. Fueron tan solo cuatro temporadas, pero en esas cuatro temporadas yo cambié, España cambió y el fútbol español cambió también, definitivamente.

Cruyff tuvo mucho que ver con esos cambios. En lo personal, ya se los digo yo; y en lo deportivo, hay amplio consenso. En el Barça de mediados de los setenta, el jugador total llevó a su máxima expresión esa genialidad que ya había desplegado en el Ajax, resucitando con sus regates imposibles, cambios de ritmo, visión de juego, inteligencia, liderazgo y personalidad a un equipo y una liga sumidos en la melancolía, revolucionando como estratega conceptos anquilosados y devolviendo a España a la primera línea de atención del balompié internacional. La propia estética del fútbol español se transformó, pasando de la tiranía de la rigidez y el bigote, a la osadía del desparpajo y la melena. Hasta el mapa de las simpatías se trastocó, con un Barça capaz de disputarle al hasta entonces sacrosanto Real Madrid, quizá por primera vez, las preferencias de los aficionados allende Cataluña. Sobre el campo y con un balón en los pies, Cruyff no respetaba nada. Fue para el fútbol de la época, y el español en particular, un verdadero antisistema.

“No soy creyente. En España, todos los 22 jugadores se santiguan antes de salir al campo. Si resultara, siempre sería empate”

Pero Cruyff fue algo más. Su paso por nuestro país provocó un efecto similar al del concierto de los Beatles en Las Ventas, la proyección de Jesucristo Superstar o al de la irrupción de bikinis y minifaldas al calor del boom turístico, es decir una bocanada de aire fresco, preludio de un cambio larga y ampliamente demandado que ya casi podíamos tocar con los dedos y que, afortunadamente, no tardaría en llegar. El caso de Cruyff es paradigmático: aterrizó en el ocaso de una dictadura y despegó en los albores de una democracia. Cruyff era algo más que un genio del balón, era un joven melenudo y rebelde, fresco y contestatario, provocador y deslenguado, justo el espejo en el que las nuevas generaciones, amordazadas por años de represión, querían verse reflejadas. Y no sólo era una cuestión simbólica, durante su estancia en España, Cruyff no escondió jamás su desprecio por el régimen franquista, régimen al que no dudó en desafiar escogiendo para su hijo el nombre de Jordi, por entonces, como toda expresión de lengua catalana, prohibido. También ayudó a esa imagen icónica de los nuevos tiempos su supuesto boicot a la dictadura argentina al renunciar a jugar el Mundial de 1978, algo que él mismo se encargaría de desmentir tiempo después. Para colmo, el 14, ese número que hizo tan popular y hasta ese entonces reservado a los suplentes, era también el número de la República. Cuando nuestros padres se escandalizaban por sus actitudes o sus comentarios, nosotros sonreíamos y lo admirábamos en silencio. Pero pedíamos su camiseta y su número por Reyes. Los tiempos estaban cambiando, y el holandés volador era uno de sus emblemas.

Años después, como entrenador, Cruyff volvió a ejercer de vanguardia, recuperando las esencias del fútbol total de los setenta, pero rearmándolas con el espíritu ofensivo, de riesgo desde el control, innovador y preciosista que caracterizó a sus equipos. Quizás su insolencia de antaño se hubiese moderado un poco, pero seguía derrochando la misa pasión y haciendo gala de la misma indomabilidad que en sus años de jugador. Cruyff, el antisistema, había vuelto. Volvía a poner el fútbol mundial patas arriba. Y nos volvimos a enamorar de Cruyff.

Ahora, en su despedida, cuando ya los ecos del primer amor o los pantalones de campana se diluyen en el recuerdo y la conciencia vive estremecida por años de vigilia, por fortuna sigue intacta la rebeldía. Una rebeldía cuyos orígenes no puedo atribuirle, pero en la que sí participó de algún modo dejando para siempre en ella una huella imborrable. Para mí, Johan será siempre la imagen de aquel holandés enjuto y descarado, genial. De aquel joven volador que alteró las bases de un sistema de juego oxidado para impulsarlo hacia los cánones técnicos y estéticos del siglo XXI y que, a su manera, contribuyó al desgaste definitivo de un sistema político putrefacto. Por tu arte y tu irreverencia. Johan, Cruyff, gracias.

4 comentarios Johan Cruyff, el antisistema

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