Esta mañana tuve el placer de participar en una mesa redonda sobre ‘Internet y las nuevas tecnologías crean nuevas profesiones‘, que se desarrolló en el Aula de Piedra de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) en el marco de la Cátedra Telefónica de la ULPGC y de las actividades institucionales sobre este apasionante debate que Telefónica lleva realizando en distintas universidades españolas.

Compartí coloquio con cinco ‘profesionales 2.0’ canarios de primera línea, representativos de otros tanto sectores de vanguardia en nuestras islas: Esther Pérez Verdú, gerente de Canarias7 Digital; David Macías, CEO de Videolean; José Pablo Suárez, director de Política Informática de la ULPGC; Ramsés Cabello, diseñador de interacción e identidad corporativa; Pablo Fernández, geógrafo; y Víctor R. Ruiz, viejo conocido, blogger y actualmente ingeniero de software en Ubuntu.

Hablamos no solo de nuestras experiencias particulares en cada uno de nuestros ámbitos de actuación, sino de los aspectos generales, de los retos y expectativas, a los que se enfrenta el mundo laboral en esta era de revolución tecnológica. Amplia coincidencia en que, evidentemente, cualquier oportunidad de trabajo o de emprendimiento pasa por la formación y la implicación ante los nuevos desafíos, pero también en la incertidumbre que depara este nuevo escenario de continuos y profundos cambios de cara a certificar la validez o la pervivencia de todos los segmentos profesionales que están surgiendo en esta coyuntura.

Mesa redonda sobre nuevas profesiones

En lo que a mí respecta, mi exposición estuvo centrada en el área del periodismo, actividad a la que llevo dedicando ya 20 años de mi vida –10 de ellos plenamente involucrado en la actividad digital–. Tal y como he expresado en diversas ocasiones, si hay un sector en el que el impacto de las nuevas tecnologías, pero sobre todo de Internet, ha sido más evidente es en el de la comunicación. Internet es básicamente eso, una revolucionaria herramienta para la comunicación, y su irrupción ha supuesto un auténtico seísmo que ha acabado por demoler las ya de por sí debilitadas estructuras del modelo periodístico tradicional.

Si ‘la información es poder’, y en el esquema tradicional ese poder estaba reservado a aquellos que disponían de los medios no solo para hacerse con ella, sino también para administrar y hacer efectiva su difusión, la Red ha logrado que ese poder se haya democratizado de forma nunca vista al permitir que cada persona conectada pueda informarse, pero también informar, constituyéndose en un medio de comunicación en sí misma. Los medios de producción, publicación, difusión, promoción, análisis… ésos que estaban hasta ahora reservados a quienes podían costeárselos, están ya al alcance de todos.

Pero es que también hemos pasado de la unidireccionalidad o bidireccionalidad de la comunicación a la multidireccionalidad. Y de la escasez a la superabundancia.

Esto puede ser muy malo para el periodismo tradicional, pero es una bendición para el periodismo, a secas. En todos sus niveles, pero en el caso de las perspectivas laborales del periodista, que es el caso que nos ocupa, resulta evidente.

En primer lugar, quiero dejar claro que para mí el periodismo, como ejercicio profesional de la información, sigue teniendo –y tendrá en el futuro– plena validez y vigencia, incluso más ahora, en el que esa superabundancia a la que antes me refería, unida a la inmediatez que caracteriza a la Web 2.0, hacen más necesarias que nunca las tareas de contraste, filtro, análisis, reflexión o documentación, por citar sólo algunas de las características que siempre han caracterizado a la profesión.

El periodismo no muere con Internet. Se transforma. Y probablemente a mejor, dada la diversidad de herramientas y de oportunidades que surgen cada día. ¿Pero realmente podemos hablar de nuevas profesiones en el campo del periodismo? Yo creo que la profesión es precisamente el periodismo, y de lo que tenemos que hablar es de nuevas especialidades.

Si echamos un vistazo a las salidas profesionales del periodista en el pasado siglo, éstas se reducían prácticamente a cinco:

  • Empleado en medio de comunicación
  • Freelancer
  • Gabinetes de prensa
  • Director de comunicación en empresas e instituciones
  • Profesor universitario / investigador

Y, dentro de ellas, las distintas especializaciones: redactor de local, de economía, de política…; presentador, locutor, guionista, documentalista, infógrafo, analista, gráfico, viñetista, jefe de prensa, dircom, responsable de comunicación…

¿Ha cambiado tanto ese esquema general en estos nuevos tiempos? En mi opinión, no tanto. Las posibilidades para el ejercicio de la profesión siguen sujetas a esas cinco áreas que acabamos de ver. Incluso atendiendo a las nuevas exigencias, adaptándose a los nuevos retos y aprovechando al máximo las nuevas tecnologías, la profesión se sigue ejerciendo para terceros en medios –ya sea como empleado, gabinete o freelancer–, en empresas, instituciones o la universidad.

Nuevas especialidades derivadas de las nuevas tecnologías, como la gestión de las comunidades (community manager, social media manager, strategist, analyst…); branding journalism, periodismo hiperlocal, content curator, periodismo móvil, periodismo de datos… no dejan de constituir especializaciones, altamente cualificadas en muchos de los casos y adaptadas a los nuevos retos si queremos, nuevas ramas en efecto, pero que en muchos de los casos no suponen más que una evolución de las especializaciones del periodismo tradicional –a excepción, quizá, de la gestión de comunidades– y, por tanto, no amplían sensiblemente el ‘volumen’ de empleabilidad en el sector. Unas especialidades desaparecen, otras evolucionan y las menos surgen.

Sin embargo sí hay una importante, notable y espectacular excepción. Hay una aportación de la Red que sí marca una diferencia y, en mi consideración, trastoca por completo todos los esquemas del periodismo que conocíamos hasta ahora. Y es esa posibilidad de autoedición a la que aludía al principio, esa democratización de los medios de producción que faculta a cualquier persona, y por supuesto a cualquier periodista, a crear su propio medio de comunicación.

Esto tiene una trascendencia brutal para el periodista y el periodismo, al menos en dos factores clave: abre una nueva salida profesional –ésta sí nueva y efectiva– y posibilita la independencia y la pluralidad editoriales.

A ningún periodista despedido o recién salido de la facultad se le hubiese pasado por la cabeza hace apenas unos años crear su propio perdiódico, radio o televisión. Hoy puede hacerlo con una inversión mínima y probar suerte. Y, si no de forma individual, sí en colaboración con otros compañeros. Desde un blog a cualquier plataforma de mayor complejidad.

El problema para los emprendedores –también para los grandes medios– es el modelo de negocio, cómo lograr la viabilidad del proyecto en una tesitura marcada por la sobreoferta y las facilidades que otorga la Red para el acceso a los contenidos. Bien, la respuesta a esta cuestión no es nada fácil, pero si me preguntan diría que pasa por el ejercicio de un periodismo comprometido, responsable y de calidad –capaz de combinar inmediatez y valor añadido– y la exploración de fórmulas de financiación que también respondan a las sensibilidades del lector del siglo XXI. Experiencias de éxito, haberlas haylas.

Un simple dato para apoyar esta exposición: desde 2008 se han cerrado en España 284 medios de comunicación. Desde ese mismo año, más de 400 medios han sido puestos en marcha por periodistas en nuestro país.

¿Ilustrativo? No sé. En cualquier caso, esperanzador.

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