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n gilipollas en una caja. De cristal. La gente se agolpa a su alrededor. Unos hacen fotos. Otros, con largos bastones, buscan la mejor perspectiva para un selfie. Muchos lo saludan, por ver su reacción. Otros se ríen. Casi todos comentan. Algunos lo insultan descaradamente, para provocar, por hacer la gracia, porque sí, pero otros poseídos por un odio tan abisal como indeterminado. Si tuvieran que explicar la causas de ese profundo rencor no sabrían. Hay mujeres que se tapan el rostro, tocadas de vergüenza ajena; y hombres que se inclinan tanto que casi alcanzan a rozar el vidrio con sus caras. Los niños le lanzan cosas, palomitas, caramelos, bolitas de papel. Es la sensación del momento. El ser más singular de la Tierra. Objeto de innumerables estudios científicos y de agrios desencuentros políticos, religiosos, sociales y económicos. Un gilipollas genuino. En una caja de cristal.

La caja es un cubículo transparente, de unos dos metros y medio de altura y unos seis metros cuadrados. Esta conectada por un estrecho pasadizo igual de diáfano a una pequeña estructura prefabricada de madera a modo de apartamento. Allí es donde duerme, y adonde acude a satisfacer sus necesidades básicas. La equipación de la caja es muy elemental, minimalista. Una mesa, una silla. Sobre la mesa, un bolígrafo, una pila de folios, unas tijeras y un rollo de cinta adhesiva. La rutina es siempre la misma. A las ocho de la mañana, preciso, el gilipollas abandona la estructura prefabricada, atraviesa el corredor con un libro en la mano, distinto cada día, se sienta, coge un folio, escribe algo en caracteres gigantes, se levanta, se acerca a la parte frontal de la urna, corta cuatro trozos de papel celo y pega el folio en el cristal, con el texto hacia fuera. Luego vuelve a la mesa, se sienta y se pone a leer y a escribir apaciblemente, alternando ambas actividades en fases variables, ajeno al circo que lo rodea. Un alto al mediodía para comer, apenas una hora, de dos a tres, inalterable. A las ocho de la noche, el gilipollas se levanta, toma el libro, cruza el pasadizo y se pierde en el interior de la estructura prefabricada.

Se ha montado una buena feria a su alrededor. Hay puestos de golosinas y de refrescos. Mercaderes ambulantes ofrecen helados, bocadillos, pipas, snacks de todo tipo, pastillas de goma, chicles. Muñequitos, llaveros, chapas, pins, camisetas, bufandas con la imagen del gilipollas. Danzadores que danzan. Imitadores que imitan. Oradores que declaman. Actores que actúan. Estatuas humanas. Cantantes que cantan y músicos que hacen sonar, con mayor o menor talento, sus instrumentos. Todos con un sombrero o una caja o un pañuelo o una bandeja en el suelo; sobre ellos, algunas monedas. Perritos calientes, churros, papas fritas, cervezas. La policía vigila la zona. Con amplia sonrisa. Nada malo puede ocurrir allí. La gente viene en paz a disfrutar del espectáculo. Nada más. Algún carterista, sí. Algún exaltado. Nada que pase a mayores. Circulen, circulen. Respeten la cola. La parafernalia habitual de las grandes aglomeraciones.

Para esta tarde tiene anunciada su visita el alcalde. Ya han pasado por allí muchos de los concejales, el presidente y consejeros del Gobierno autónomo. Todos han colgado en sus cuentas sociales su Autorretrato con gilipollas al fondo. El presidente de la nación ha mostrado su interés por personarse cuanto antes y ya ha sido cursada invitación a la Casa Real. Pero el fenómeno trasciende fronteras. Es una atracción internacional. Turistas de toda procedencia acuden en masa y las agencias de viajes han comenzado a vender paquetes específicos. Se dice que en breve será objeto de una sesión especial de la ONU. No hay en el mundo nada igual, nada parecido a este ser. El gilipollas. The real real one.

Hay una webcam que transmite en vivo, cada jornada, a cada hora, de ocho a ocho, lo que ocurre en la urna. Millones de personas en todo el mundo siguen en directo sus evoluciones. Asombro. Estupefacción. Misterio. Desafío. Bravata. Ofensa. ¡No! Singularidad. Excepción. Anomalía. Locura, tal vez, en ésas andan los doctores. Ahora mueve una mano. Ooooooooooh. El murmullo se eleva y se proyecta al universo a través del micromicro incorporado a la cámara, levantando a su vez miríadas de murmullos por todos los rincones del planeta. Bares, restaurantes, plazas, terrazas, oficinas, hogares. Ahora gira el cuello. Ahora bosteza. Ahora se incorpora. Ahora parpadea. Sobre su figura todo son chismes, mitos, leyendas. No respira. No come. No habla. Es inmortal. Es un muerto viviente. Cuestión de genética. Un mala gestación. Un mal parto. Virus. Bacteria. Hongo. Protozoo. Mal de neuronas. No hay blog que no hable de él, no hay periódico ni radio ni televisión que no abra sus informativos con la última hora de lo que acontece en la urna. No hay gurú que no haya emitido su parecer ni tertuliano que no se haya sacado de la manga alguna clave oculta.

Se ha intentado de todo, pero ha sido imposible. Se le han ofrecido contratos en los más importantes medios de comunicación, estrella de tertulias, entrevistas, columnas de opinión, secciones exclusivas, portadas, presentar un prime time, en su defecto un late night, ganar un Gran Hermano, cuentas VIP en Twitter y en Facebook, erigirse en influencer, romper tarima, hacerse youtuber, abrir un blog, puestos relevantes en consejos de administración, giras como ponente en los más influyentes jornadas y congresos, dedicarse al coaching, meterse a político, hacer una película, premios literarios, hablar en el Congreso, grabar un disco… Que publique cosas como Consejos para, Cómo lograr, 10 pasos imprescindibles, No podrás vivir sin, Cómo triunfar en, Puedo prometer y prometo, Lo más de, Lo mejor de, Claves para el éxito en, Cómo arrasar, ¿A que no sabes qué?, 5 must do, 5 must see, 5 must have, algún programa electoral, un tuit imborrable, un meme viral, un comercial, una buena campaña de publicidad, un monólogo, un manifiesto, algún discurso que otro, da igual la materia, da igual que no tenga ni la más remota idea de lo que habla, en fin, lo que hacemos todos, la gente decente, lo ordinario, lo normal… Se ha hecho todo lo humanamente posible para procurar su sanación. Pero él… Ummmm. 👿 👿 👿 ¡Él permanece impasible!

Puntual como un telediario, a las ocho, nada más clarear, cruza el pasillo. Garabatea, toma el folio y lo pega en el cristal. Es el momento más esperado del día. Todos los ojos miran. Todas las cámaras enfocan. Los corazones se detienen. El mundo entero observa, la respiración contenida. ¿Lo ha vuelto a hacer? Leen. ¡Sí!

“Lo siento, hoy tampoco voy a intentar venderles nada”.

Y un Ooooooooooh universal vuelve a barrer, de punta a punta, el planeta.

2 comentarios Un gilipollas en una caja

  1. Laura de bife

    Excelente relato el tuyo de hoy, Manuel. (como siempre y como todos)
    Este deja pensando quienes son realmente los gilipollas o “boludos” como diríamos en Argentina….
    Un placer leerte!
    Lau.

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