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llí estabas tú, avanzando emocionada por el rompeolas con tu Nikon D810 en una mano y el trípode en la otra. Querías alcanzar la punta incluso antes de llegar, impulsada por esa pasión crónica que habías depositado en la fotografía. Yo te seguía a solo unos pasos, pendiente de no precipitarme entre las rocas y tetrápodos que formaban la escollera. Pero hoy no quiero hablar de mí, o tal vez sí porque me hablo a través de ti. En cualquier caso, allí estabas tú con tu réflex digital, exageradamente estirada, de puntillas, ensayando un plano picado, pretendiendo ser gaviota.

Yo, de nuevo mi yo visto en ti, sentado sobre el rompiente, componiendo tu imagen de paparazzi del viento en la pantalla de mi humilde Samsung Core de visión limitada. Cuatro megapíxeles. Tú lo odiabas. Odiabas la grosera inconsciencia del smartphone. Me aleccionabas con fantásticas disertaciones acerca de la velocidad, la apertura, la sensibilidad y el enfoque; el raw, el modo manual, la profundidad de campo y el tiempo de exposición; el arte y la creatividad, el amor y el sexo, decías, aunque puede que esto último me lo dijeras en otra ocasión y yo ande ahora sacando partido de la volubilidad de mis recuerdos. O no me lo dijeras nunca.

Disparar sin técnica, sin alma, no es hacer fotografía, sino fotocopias de la realidad. No soy una chica Instagram, repetías desdeñosa. Yo no discutía. Tampoco me pronunciaba, ni para bien ni para mal, cuando sorprendía en tu mirada un ramalazo de envidia al contemplar alguna imagen de mi carrete. No sé, un atardecer cualquiera, fijándonos ambos en la inflamada luz del horizonte. Dos disparos en automático. (Tú, más de veinte). Una postal perfecta. (Tú, consternada por un mal cálculo. Que si diafragma, que si horquillado, que si distancia hiperfocal).

Pero ahora crecía, crecíamos en, la mañana. Y allí, pues, estaba yo. No, no yo, sino tú. Enfocada nítidamente en mi cámara. Inclinándote sobre las olas, retratista de la espuma. Nítida en mi visor de cuatro megapíxeles levemente empañado de salitre y humedad. Yo, digamos tu mirada en mí, fotografiando la fotografía. Y pensé, o quizá pensaste tú, que si alguien detrás de mí me enfocara también con su cámara (daría igual réflex, compacta, estenopeica, mirrorless, tableta, smartphone o GoPro) en ese preciso momento; y a ese alguien lo enfocara alguien más. Y a ése otro. Y otro. Y otro. Y otro. Y si fuera posible meter en un solo encuadre a todo el género humano fotografiando en cadena ese instante, qué duda cabe de que estaríamos diseñando la foto más hermosa del mundo. Y si ahora tú te dieses la vuelta y apuntaras tu Nikon hacia nosotros, habrías cambiado de un soplo el devenir del universo, dando luz a otra realidad en la que serías a la vez fotógrafa y modelo, obra y autor. La casa de los espejos. Un autorretrato coral e infinito.

Mas no, te prefería así, tal como estabas, tendida sobre la sal en el extremo más inaccesible del espigón, reportera de nubes, inmortalizando aquel cielo de tormenta.

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