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ejó a un lado el café y se detuvo en los zapatos del niño pobre que recorría las mesas implorando, bien un bocadillo, bien monedas, a la distinguida clientela que se aliviaba del calor en la terraza del hotel. Llevaba apenas tres días en aquel rincón del trópico y no veía el momento de regresar. Era casi final de año y aún no había dado con el producto estrella de su próxima colección. Para colmo, en la visita que había girado a la fábrica en la que desde hace unos años se elaboraban sus productos de alto standing había descubierto que los costes de personal no se ajustaban a lo previsto. Había que corregir eso cuanto antes. Miró su reloj. Era algo tarde ya. Supuso que Alan habría prolongado la siesta y respiró aliviado. En realidad, maldita las ganas que tenía de perderse ahora, bajo ese calor infernal, en los polvorientos, inseguros e interminables senderos que conducían a aquellas cascadas, supuestamente paradisíacas, de las que todos hablaban. Sacó el smartphone de debajo del impecable sombrero de jipijapa que había dejado sobre la mesa y le hizo una seña al pequeño.

Al acercarse, le obsequió con un billete de escaso valor y le pidió que se descalzara para poder tomar instantáneas, desde todos los ángulos, de aquellas singulares zapatillas. El niño no esperó. Alborozado por la inesperada recompensa, puso las chanclas en las manos de su benefactor. Descalzo y profiriendo gritos de júbilo, se perdió entre el tráfico en dirección al entramado de calles cercanas que desembocaban en los suburbios. En el café, nuestro hombre del jipijapa era el centro de atención. Damas y señores lo miraban con expresiones que se movían entre la sorna, la curiosidad, la perplejidad, el reproche o el asco. Él ni se inmutó. Pidió al camarero papel y bolígrafo y se puso a garabatear.

Unos días después, en su oficina de París, comentaba con su equipo el proyecto. Dos botellas de plástico aplastadas con sus bocas abiertas, sin tapas, conformando plantilla y suela; y unos andrajos, anudados entre éstas y unos agujeros practicados en la superficie, a modo de tiras de sujeción. Nadie daba crédito. La idea era sencillamente loca, pero era el Jefe, y el Jefe había dado suficientes muestras ya, a lo largo de su laureada carrera, de una sorprendente habilidad para convertir cualquier extravagancia sin valor en un producto revientamercados. Sólo que esto… en fin… igual esto se le había ido de las manos. Los responsables de producto y de marketing veían imposible colocar aquel engendro entre su exquisita clientela. ¿Quién en su sano juicio iba a atreverse a calzar como un mocoso tercermundista a un precio de cuánto? ¿Mil? ¿Mil quinientos?

– Una gama de entre mil doscientos y tres mil quinientos euros –sentenció el diseñador.

Risas y más risas. Y cuando las risas cayeron en la cuenta de que se habían pasado con las risas, acaeció un silencio tenso, sepulcral. ¡Risas! Era justo la reacción que el Jefe esperaba. El producto tenía futuro. Se encerró en su despacho, dio los últimos retoques al prototipo y anotó en su iPad: botellas de plástico reforzadas y acolchadas tipo refresco de dos, un, medio o cuarto de litro, según las tallas, especialmente creadas para la colección, en cinco colores, tiras de tela de aspecto casual en tonos complementarios. Correo a Alan, el gerente, con añadido: Enviar al equipo de desarrollo, cerrar los detalles con nuestra factoría del trópico a primera hora de la mañana y ejecutar el ajuste de costes en mano de obra antes de comenzar.

Faltaba, eso sí, un último toque, el fundamental, la varita del taumaturgo, el péndulo del hipnotizador, aquello capaz de convertir semejante engendro en objeto de deseo de miles y miles de mujeres y hombres en todo el planeta: grabada en negro y oro en el centro de cada pieza, la firma del alquimista, su firma, la inconfundible y venerada firma de Ryan Clark.

Tropicanas, exclamó ensimismado, elevando el dedo índice de su mano izquierda. Un nombre perfecto, se vanaglorió, con la mirada perdida en las oscuras y sinuosas nubes que parecían sonreírle a través de los amplios ventanales.

Lejos de allí, en aquella factoría perdida en un rincón del trópico, cientos de niños con los pies embutidos en zapatos de botellas desvencijados comenzarían pronto a producir decenas de miles de zapatos de botellas de entre mil y tres mil y pico euros el par.

Primavera-verano. Apoteosis de ventas. Reconocimiento unánime de la prensa especializada.

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