“En relación a las amenazas a los derechos humanos en España, sobre la libertad de expresión, asociación y reunión, es especialmente preocupante el uso excesivo de la fuerza por parte de la policía española y el refuerzo de una legislación represiva que no muestra sino un interés de socavar la libertad de expresión.
 
No solo la libertad de expresión está amenazada. Derechos económicos, sociales y culturales también están amenazados”.

E

l informe 2015-2016 de Amnistía Internacional es demoledor con respecto a España. El texto revela numerosas vulneraciones de derechos y libertades en los últimos años, especialmente evidente en el período analizado, en un claro retroceso en aspectos como libertad de expresión, derecho a la salud y la vivienda, violencia machista, impunidad en casos de tortura y malos tratos policiales, jurisdicción universal, condena del franquismo y memoria histórica, comercio de armas o racismo. Un panorama ciertamente preocupante, que sitúa a nuestro país muy lejos de las premisas que caracterizan a una democracia avanzada.

Es el panorama que deja tras de sí la mayoría absolutista del Partido Popular en lo que a derechos y libertades se refiere. En un momento en el que se negocia el futuro de nuestro país a cuatro años vista, la recuperación de estas conquistas socavadas, piedras angulares del pluralismo, debería ocupar un espacio prioritario en las agendas de los partidos que apuestan o dicen apostar por el cambio y el progreso. No se trata de un juego de números, de mayorías y probabilidades. Ni de reformas cosméticas. Se trata más bien de asumir la responsabilidad política y social que implica este momento histórico. Y para eso no se requiere actitudes altivas, mezquindad partidista, estrategias de cortas miras ni revoluciones. España precisa de consenso, diálogo y fórmulas políticas y económicas que nos ayuden a superar la crisis en claves de progreso, igualdad y justicia social.

Pero lo que evidencia este informe –y otros tantos como éste– es que, sobre todo y ante todo, lo que España necesita es una buena inyección de democracia. Un compromiso básico. Lo menos que uno podría esperar de los actores de la denominada nueva política. Pero eso es, desgraciadamente, lo que no logro atisbar por ningún lado.

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