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na carcajada siempre es sospechosa. Por eso cuando Eustaquio Sarmiento, el bizco y orondo jefe del departamento de ventas, escuchó tras de sí aquella risa coral, no dudó un instante en poner el hecho en conocimiento del gerente. Mala cosa, Sarmiento, mala cosa, no estamos ahora para asumir riesgos. Despídame usted a los responsables.

El asunto estaba a punto de alcanzar rango de ley, los procesos judiciales por chistes ofensivos, despiadados o de puro mal gusto amenazaban con colapsar los juzgados, y en esos momentos se trataba en una apasionate sesión, retransmitida en directo, en aquel templo de la soberanía popular que era el Congreso.

Desde hacía ya algún tiempo, la risa se había convertido en tabú. En los bares reinaba un prudente silencio, sólo roto por el rutinario entrechocar de vasos y botellas, algún programa de radio o televisión o por severos y esporádicos comentarios acerca de la política, el fútbol o los caprichos de la meteorología; las propias televisiones habían eliminado de su parrilla los programas de humor ante la avalancha de quejas, amenazas y querellas recibidas; en las fiestas y reuniones de amigos se observaba un riguroso protocolo que evitaba, en cualquier caso, siquiera la posibilidad de un inocente chascarrillo… Y ésos eran sólo algunos de los síntomas.

Las bromas, burlas, ocurrencias, golpes, chanzas, anécdotas, historietas, gracietas, gags, sketches y, en fin, cualquier acto de incitación a la hilaridad, si se daban, las pocas veces que ya se daban, eran analizados con lupa. Cómo de grave sería la tesitura que, para el común de aquella sanitariamente hablando impoluta ciudadanía, comenzaba a estar peor visto un graciosillo que un fumador, hasta entonces diana predilecta del patrio odio cívico.

Al principio fueron sólo algunas pocas gotas en la copa de la intolerancia, ofensas abominables generalmente repudiadas por una sociedad extremadamente sensible con los débiles y las minorías: chistes sobre negros, que denigraban a la mujer, contra las víctimas de crímenes, contra los homosexuales y, en general, cualquiera que menoscabara de forma manifiesta los pilares de la convivencia democrática. Eso sí, en la vida cotidiana igual se continuaba persiguiendo y denigrando a los extranjeros, se relegaba a la mujer o a los gays y lesbianas a un segundo plano o se los maltrataba, por supuesto se producían crímenes y abusos de todo tipo, y los más, en especial las autoridades, se pasaban por el arco del triunfo los principales preceptos de la Constitución, sobre todo aquellos que suponían apuntalar las conquistas sociales. Pero se tenía bien asumido que peor que la realidad misma era hacer humor sobre ella. ¡Qué barbaridad! Eso resultaba, en cinco sílabas, i-nad-mi-si-ble.

Pero entonces comenzaron a ejercer su potestad para la demanda los gordos, los feos, los tontos, los necios, los militares, los curas, los locos, los animalistas en nombre de los animales… Y después los flacos, los guapos, los listos, los sabios, los jaimitos, pepitos, los maestros, los civiles, los seglares, los que se consideraban cuerdos, los de derechas y los de izquierdas, los del centro, los de ideologías extremas, los funcionarios, los autónomos, los empleados, los empresarios, los cojos, los atletas, los ciegos, los videntes, los cristianos, los judíos, los musulmanes, los budistas, los hinduistas, los escépticos, los agnósticos y los ateos, los amos de casa, los liberados, los mudos, los bocazas, tartamudos, gangosos, las rubias, los chuloplayas, los adúlteros, los fieles, las putas y los puteros, los ancianos, los mocosos, los indios, los vaqueros, los gitanos, los payos, los guardias civiles, los analógicos, los digitales, los enanos, los larguiruchos, los frikis, los pijos, los hippies, los sobrios, los ebrios, los policías, los rateros, los de ciudad, los de campo, los ingleses, franceses y alemanes que iban una vez con un español, los leperos, los gomeros, los guipuchis, bilbainos, catalanes, payeses, gallegos, andaluces y andapilas, los de Cuenca y Teruel, los polacos, belgas, chinitos no quelel, argentinos, mexicanos, Chuk Norris, Enrique Iglesias, George Bush, Juan Carlos I, Fidel Castro, Kim Jong y hasta individuos que se declaraban descendientes de pueblos tan jocosamente humillados en el transcurso de la historia como los de Abdera, Beocia, Molbo, Gotham, Cuneo, Fano, Gaggiano, Schildburg o Khelm… Todos se sentían objetivamente despreciados o injuriados, de una u otra manera, en algún que otro chiste, todos reclamaban respeto, venganza, reparación y, en su caso, extradición, y así aquella copa salpicada por gotas de excepción acabó finalmente rebosando de generalidad.

Se denunciaba por el derecho al honor, por incitación al odio, por xenofobia, por sexismo, por machismo, por feminismo, por nazismo, por terrorismo, por capitalismo, por comunismo, por antisemitismo, por sionismo, por racismo, por igualitarismo, por elitismo, por desprecio a la memoria, por derecho al olvido, por un quítame allá ese sarcasmo, por puro vicio, porque sí y porque no… Se utilizaban los tribunales para dirimir ataques y calumnias, para exigir dignidad, para preservar las libertades, para defender prerrogativas y, ya por último, como arma arrojadiza entre partidos políticos, parejas mal avenidas, compañeros de trabajo, rencillas vecinales o, simplemente, como medio para lograr cierta relevancia, dinero o contraatacar por haber sido denunciado a su vez.

En el Congreso aquella mañana se palpaba unanimidad, no sólo por la necesidad de poner remedio al estado de alarma y crispación en que se encontraba el país y al colapso de las instancias judiciales, sino también por la circunstancia no menor de que una abundante representación de sus señorías venía siendo, desde tiempo inmemorial, objeto habitual de chanza por parte de cómicos, columnistas y ciudadanía.

Un diputado muy muy de derechas reclamaba desde la tribuna con notable facundia que la prohibición se extendiera a cualquiera de las manifestaciones escritas, orales, visuales, virtuales (sic) y escénicas, es decir al conjunto de las actividades susceptibles de “excederse, con su natural proceder, en el ejercicio de las libertades”. A lo que otro señor muy muy de izquierdas respondía que eso no estaba ahora sobre la mesa, pero que si se producía una alarma social como la que había provocado el chiste, se podría estudiar, “aunque con matices, en la línea, claro está, de nuestra indiscutible defensa de la nación más allá de los interesas partidistas e ideológicos”.

Amén. Votación y recuento. Aprobación por rodillo. Ovación. De pronto, una voz, un grito desesperado desde la tribuna de invitados. Una joven disfrazada de clown:

–Una sociedad sana es aquella que, como el individuo, es capaz de reírse de sí misma, con todas sus consecuencias. El chiste es una manifestación más de nuestra libertad de expresión, con todo lo que ella implica, incluso en su faceta más cruel o desagradable. Cualquier ataque al chiste es un ataque a la democracia. Estoy con Temprano, el humor es el antídoto ante cualquier fanatismo. ¿Dónde ha quedado nuestro sentido del humor?

Señorías, ujieres, taquígrafos, traductores, periodistas, las miles de personas que seguían el momento por Internet, radio y televisión en todos los rincones del país se dieron al silencio, mirándose unos a otros, aparentemente sorprendidos, desconcertados y, de súbito,

¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

un descojono, un descojono sideral, nacional, único, consensuado, atronador, que hizo estremecer por un breve instante los cimiento del Estado.

Como bien dijo un diputado muy muy de centro en la entrevista que concedió esa misma noche a un conocido canal de televisión, lamentablemente, aquella pobre desgraciada de talante radical, que ahora aparecía en imagen bajando las escaleras escoltada por la policía, había logrado su propósito, que no era otro, en su opinión y en la de cualquier bien nacido, que aprovechar tan solemne sesión para violentar la voluntad popular y colarnos a todos, mire usted qué gracia, ese último y disparatado chistejo.

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