“Un Debate para gobernarlos a todos.
Un Debate para encontrarlos,
un Debate para atraerlos a todos
y atarlos en las tinieblas”.

Valga esta paráfrasis de la popular obra de Tolkien para introducir este post en torno a la gran apuesta de Atresmedia en esta campaña electoral. Un debate diseñado para concitar el máximo protagonismo mediático en torno al 20D y que ha acabado batiendo récords de audiencia en prácticamente cualquier tipo de pantalla, tanto de televisión como de ordenador y dispositivo móvil. Un éxito de la política espectáculo de tal calibre que ha dejado al resto de los debates celebrados o programados para esta campaña en meras escaramuzas, en especial al encuentro oficialista a dos que tendrá lugar el próximo lunes en la cadena pública estatal y a la que sólo están invitados los candidatos del PSOE y del PP, Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, respectivamente, en un formato que destila, a estas alturas de la nueva política, un desagradable aroma a naftalina.

Atresmedia no reparó en gastos, recursos y parafernalia. Había que petarlo –discúlpenme el vulgarismo, pero de eso se trata–. Promoción insistente, presentadores estrella, extenso programa previo y otro posterior, en cada una de sus cadenas –Antena 3 y La Sexta–, despliegue de invitados, escenificación de reality show, hinchas partidistas en el plató… Todo, a su vez, afectadamente imbuido de una filosofía del periodismo ético e independiente que, en realidad, hizo aguas desde el momento en que se optó por dejar fuera a importantes formaciones con representación parlamentaria, evidente en el caso de Izquierda Unida y Alberto Garzón, y por aceptar la presencia de una sustituta, Soraya Sáenz de Santamaría, ante la ausencia del candidato del Partido Popular.

Tengo para mí desde hace tiempo que el sistema ha ido convirtiendo la política en un show más, en el que priman los rostros, los gestos y los atuendos; los golpes de efecto y la puesta en escena por encima del mensaje, de los programas y de los contenidos. Los beneficios para quienes viven de la hipnosis colectiva son evidentes. Jugar al futbolín o al pimpón con ese dechado de intelecto y compromiso social que es Bertín Osborne, echarse un bailoteo o prestarse a una carrera de karts en ‘El hormiguero’ o arrancarse con una nana en ¡Qué tiempo tan feliz! pueden generar simpatías y éstas a su vez canjearse por votos. Da igual que luego, el simpático candidato se torne en inflexible gobernante y arremeta, con cara agria y cualquier excusa peregrina, contra los principales valores democráticos o la cohesión social. Si es capaz de hacer un triple salto mortal en directo, lo votamos.

Lo denunciaba hace unos días Iñaki Gabilondo:

“Sólo nos falta balar”

Y lo concretaba poco después Gumersindo Lafuente:

“Algo hemos hecho mal los españoles para sufrir esta plaga de mediocridad. Y algo podemos hacer mejor”.

Tal es así que los debates electorales, que siempre he considerado la máxima expresión de este neocirco contemporáneo, me resultan ahora un consuelo, un oasis en medio de tanta vulgaridad y fanfarria. ¡Con esto nos conformamos! Al menos, se exponen ideas y se puede colegir, siquiera mínimamente y si el formato lo permite, la capacidad de unos y otros para defender sus planteamientos, la solidez y viabilidad de sus propuestas, la habilidad para defenderlas y el grado de sinceridad que encierran sus palabras. Algo es algo.

En este sentido, el debate de anoche va a pasar efectivamente a los anales de esta grotesca campaña como lo que se pretendía, el más decisivo –todo lo decisivo que pueden resultar estas confrontaciones–. No sólo por la enorme expectación desatada, sino por la cantidad y calidad de los intervinientes, las cuatro formaciones con posibilidades reales de formar gobierno, y por la repercusión que ha obtenido.

¿Hubo un ganador? Para mí sí, claramente. Quien mejor empezó, mejor se mantuvo y mejor acabó. Pero eso, en este artículo, carece de toda relevancia. Lo que realmente quería contar, a tenor de este ‘Señor de los Debates’, es que a pesar del consuelo –y los minutos de diversión– que me ha reportado, a lo que verdad aspiro es a un modelo electoral en el que los medios antepongan la representatividad y el contenido a los índices de audiencia; los políticos, su deber y respeto hacia la ciudadanía a la comparsa; y nosotros, la exigencia a la complacencia. No es cuestión de consolarse con lo menos chabacano o grosero, sino de reivindicar una política digna al servicio de la política. O, cuanto menos, al servicio de nuestra higiene intelectual.

Algunos de mis tuits durante el debate:

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