“La ocultación de ideas molestas puede que sea corriente en la religión o en la política, pero no es el camino a la sabiduría y no tiene sentido dentro de la tarea científica. No sabemos de antemano de dónde surgirán los descubrimientos fundamentales sobre nuestro misterioso y maravilloso sistema solar. La historia de nuestro estudio sobre el sistema solar demuestra claramente que las ideas aceptadas y convencionales son generalmente erróneas y que pueden surgir descubrimientos fundamentales de las fuentes más inesperadas”.
 

Carl Sagan (‘Cosmos. Cielo e infierno’, 1980)

Los Reyes (Magos) de este 2016 han vuelto a acercarme al universo de ‘Cosmos’, la extraordinaria serie de divulgación científica de principios de los ochenta escrita y presentada por Carl Sagan. En el cuarto episodio, ‘Cielo e infierno’, me he reencontrado con una de esas reflexiones que hay que tener siempre bien a mano, especialmente en los momentos de mayor exaltación dialéctica. Es la cita que abre el post.

En ella, Sagan nos pone en guardia ante lo que podríamos denominar ‘fundamentalismo científico’, entendido esto como la censura o persecución de cualquier otro tipo de método o pensamiento. Ojo, Sagan no está promoviendo que renunciamos al rigor (“Para ser aceptadas las ideas nuevas tienen que superar rigurosos niveles de evidencia y escrutinio”, dice poco antes en la misma alocución), ningún tipo de relativismo científico ni la aceptación de teorías y conjeturas más o menos ‘magufas’ o peregrinas, no dice que no haya que ser contundente cuando sea preciso o que no haya que combatir la estafa o la mentira. Lo que dice es que que el verdadero científico ha de mantener intactos no sólo la curiosidad y el escepticismo, sino también una inquebrantable posición en favor de la libertad de pensamiento. La tarea de la mujer y el hombre de ciencia ha sido siempre precisamente la de indagar y demostrar o refutar –además de, por supuesto, proponer– cualquiera de las hipótesis, provengan de donde provengan, que traten de clarificar los muchos misterios que acompañan a nuestra existencia.

Sagan no habla en abstracto, lo hace precisamente recriminando a un sector de la comunidad científica de su época el intento de silenciar el trabajo de Immanuil Velikovski, un psicólogo ruso cuyas teorías especulativas acerca del sistema solar habían gozado de gran aceptación a mediados del siglo XX y que el propio Sagan, entre otros, combatió y refutó con la ciencia –y no con la mordaza– en la mano.

Es otra forma de hacer frente al fundamentalismo y fomentar el respeto a las libertades, como aquel “No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”, en este caso desde la ciencia. Fundamentalismo es creerse en posesión de lo fundamental, de la verdad absoluta, proscribiendo la disensión, cuando si algo nos ha enseñado la ciencia es que las verdades jamás lo son. La verdad siempre es limitada, parcial o tiene fecha de caducidad, justo ésa en la que se produce un nuevo avance o descubrimiento que echa por tierra o varía sustancialmente, quizá también para fortalecerla –”proceso de autocorrección”, en palabras de Sagan–, cualquier certeza anterior.

Si a esto le añadimos otro curioso estudio que compartía por Twitter hace unos días:

Entonces, parece claro que la comprensión, la modestia y la prudencia son mejores aliados de quien dice buscar la verdad, sobre todo a través de la ciencia, que el desprecio, la arrogancia y la intransigencia.

Puedes ver aquí mismo el vídeo:

1 comentario En defensa de la “idea molesta” (un reencuentro con Carl Sagan)

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