Tres en raya – Capítulo VII

Tres en raya (portada)

Con sólo tocar la caja, Adolfo notó que su capacidad de percepción aumentaba notablemente. De pronto era consciente de todo. En su mente se agolpaban miles de ideas, visiones y sensaciones en una suerte de revoltijo irracional que llegó a marearle. Poco a poco, se fue concentrando en una de esas impresiones. Como a través de la niebla, veía a María charlando con una pareja de amigos en una terraza. Se esforzó un poco más. Llevaba un traje negro ceñido y escotado de verano. Ese traje que a él tanto le gustaba. Ese disfraz de pantera lunática que realzaba sus volúmenes y la dotaba de fuerza y misterio. Era de noche. Era ahora mismo, y más que una terraza parecía el grupo de mesas que se hallaba en el exterior del Cuasquías. Ahora las imágenes le llegaban plenamente nítidas. Sí, era la entrada al local del que acababa de salir huyendo. Adolfo supo en ese instante que era capaz de percibir lo que estaba ocurriendo a varios kilómetros de donde se hallaba. Sintió un poco de miedo, pero estaba terriblemente excitado. Tan sólo coger la caja y ya estaban sucediendo cosas increíbles. Volvió a centrarse en la visión y supo que María besaba al matrimonio. Sí. Eran Juan y Aurora, dos actores que habían colaborado con MARGEN en algún spot y que formaban parte de un grupo experimental de escasa proyección en el también difícil mercado de la dramaturgia insular. María se despidió de sus amigos y penetró en el pub. Allí estaba Loco. En la misma mesa del fondo que acababa de compartir con él, finiquitando un cubata. Hola, cariño. ¿Qué hay, mi amor? Besito-morreo fugaz. Si lo sabía yo…

Adolfo soltó el paquete, que cayó al suelo emitiendo un sonido seco y estridente. Se fue al baño y se mojó la cara. Aquello era imposible. Volvió al trastero, recogió la caja y se dirigió al salón. Por el camino, de nuevo el cúmulo de visiones. Dejó el paquete en la mesita central y se sentó en el sofá. Contempló el demoníaco envoltorio durante unos segundos sin atreverse a tocarlo. Vaya con el abuelo. Al final, no eran invenciones suyas todo lo que nos contaba. El cartón verde le atraía. Era magnético. Pero él optó por resistirse durante un tiempo para intentar aclararse. ¿Qué podría contener? ¿Una vez abierto ya no habría marcha atrás? Se debatía en un mar de dudas y la curiosidad por lo que ocurría en el Cuasquías iba en aumento. Puso un dedo sobre la tapa y al instante se encontró de nuevo en el local, junto a Loco y María, pero a él nadie parecía verlo. Magia. Pero eso eran tonterías. Recordó las veces que se había reído de las estupideces de Rappel, Jiménez del Oso, Expediente X, Karmen Pastora, Aramís Fuster y demás exponentes contemporáneos del género. Quiso poner a prueba la veracidad del elemento con que empezaba a tratar. Asió la caja con ambas manos y se concentró en la imagen de Ayose. Flash. Ya no estaba en el Cuasquías. Ahora se hallaba en la casa de María y podía observar al niño de ojos azules durmiendo como un bendito y a Elena, a su lado, leyendo unos apuntes. Sí, es Magia, pensó. Esto es magia negra, nigromancia, hechicería, encantamiento, brujería, mal de ojo… Polstergeist.

También notaba que mientras permanecía en ese estado, en contacto con la caja, se sentía fuerte. Una seguridad que no había notado jamás hasta entonces se apoderaba de él. Sabía que era capaz de cualquier cosa. Lo envolvía un halo tibio, una especie de coraza protectora e imaginó que algo similar debían de sentir los fetos en el útero materno. Fue entonces cuando decidió volver al Cuasquías.

— Es que no quiere entender. Lo que no puedo hacer es echarlo todo por la borda porque el niño quiere jugar a los diseños.

— Tú lo metiste en esto, así que no quieras ahora salirte por la tangente —Loco estaba visiblemente irritado. Tras el desconcierto que le produjo la atropellada e inesperada escapada de Adolfo, se había dedicado a beber como un poseso y a replantearse su relación con María—. Y creo que deberías contarle lo nuestro. Me siento mal cuando estoy con él. Como un traidor.

— ¿Y por qué no se lo cuentas tú, guapo? Mira que tienes morro —María tampoco estaba precisamente relajada. La discusión de aquella mañana le había descompuesto y pensaba que en Loco encontraría algo de comprensión y apoyo—. Son todos unos niños. Además, fue él quien se empeñó en meterse en esto. Y hay cosas que no hace mal… pero no está maduro todavía para el trabajo.

— Bueno, ¿qué vas a tomar?

— ¿Tú que bebes? ¿Lo de siempre?

— Havana.

— Pues, venga, Havana.

— Vengo enseguida.

María encendió un cigarrillo y se sumergió en la música. No entendía nada. De la felicidad por el trabajito que le habían encargado había pasado en menos de doce horas a una situación terrible. Su mejor amigo, completamente arrebatado por la ira y en plan víctima del holocausto laboral y amoroso a la que ella le había precipitado. Su amante, por otro lado, pretendía ahora hacerse el corderito y achacarle a ella toda la culpa. La mala de la película. Eso es lo que soy. Entonces, se sintió observada. Era una extraña sensación que hasta ahora no había notado. Miró a su alrededor, pero no encontró respuesta a su inquietud. Sí, claro, estaban los clásicos mirones y alguna que otra amiga a la que saludó, pero no encontró esos extraños ojos que intuía. Desde la barra, Loco le dibujó una sonrisa. Ella le ignoró. Madre mía, estoy de los nervios.

Había una segunda sonrisa. Más pérfida. Malvada. Adolfo dominaba la situación. Suya era la mirada que María notaba. Una mirada imposible de descubrir porque no estaba. Porque procedía de unos ojos que se encontraban lejos, en otro espacio. Una mirada etérea que se aferraba a un mágico bulto de cartón verde y que recorría la noche con la autoridad que dan los conocimientos del espíritu y la materia. Adolfo sonreía. Comparado con aquello, Internet era un juego jurásico. Eso sí que era navegar. En vivo y en directo.