E

l niño tenía bien definida su rutina. Cada tarde, al volver del colegio, se sentaba en pleno centro de la calle peatonal y colocaba una piedra frente a él. Pasaba horas observándola con una extraña sonrisa dibujada en su rostro. Los transeúntes pasaban a su lado con el ritmo acelerado que imprime la ciudad. Algunos siquiera reparaban en aquella diminuta figura. Otros la ignoraban. Había quien se detenía un instante y se preguntaba dónde estarían sus padres, si era un pequeño autista extraviado o qué demonios hacía allí. Estaban los que dejaban caer alguna moneda, ante la posibilidad de hallarse ante un mendigo demasiado tímido como para suplicar. Pocos le preguntaban, y ante la extraña respuesta, siempre la misma, del pequeño, retomaban con una tierna mueca su apresurado transitar: «¡Cosas de niños!».

El niño tenía un amigo, el viejo dependiente de la dulcería frente a la que cada tarde se apalancaba. El viejo tampoco entendía nada, pero le divertía el empeño del muchacho. Le había tomado cariño. Por eso, le tenía siempre preparada una deliciosa ensaimada que el chiquillo se apresuraba a recoger al finalizar su sesión y engullía de camino a casa. Su madre no lo veía mal. Venía merendado.

El hombre del iPad, carpeta y traje medio arrugado se paró frente a él. No era ni muy joven ni muy viejo, ni muy alto mi muy bajo, ni muy blanco ni muy moreno, ni muy belludo ni muy lampiño, ni muy gordo ni muy flaco. O todo lo contrario o todo eso a la vez. Era cualquier hombre porque en, realidad, podía ser todos los hombres. Y bien visto, sí, podría ser también cualquier mujer. Lo observó unos segundos y preguntó:

– Pequeño, ¿qué haces ahí?

– Estoy observando el mundo –dijo el niño sin apartar la vista de la piedra.

– ¿El mundo? ¿El mundo en una piedra? – cuestionó.

– Claro –respondió el pequeño–. ¿Quieres verlo conmigo?

– Oh no, no puedo, lo siento. Voy con prisas –se disculpó, de la manera más afable que pudo.

– Las prisas, siempre las prisas –refunfuñó el pequeño, entornando los ojos como si hubiese advertido algo extraño o diferente en la piedra.

El hombre siguió su camino. Sólo unos cinco o seis pasos. Luego se detuvo, giró sobre sí mismo y pareció vacilar. Igual ahí tengo material para el blog, se dijo. Luego desanduvo lo andado, tomó una foto de la escena, miró hacia un lado y hacia otro, y se sentó junto al muchacho.

– ¡A ver, enséñame ese mundo! –solicitó al fin.

– Lo tienes ante ti, sólo tienes que mirar.

El niño le advirtió que para aquel ejercicio no existía manual de instrucciones. Que lo único que tenía que hacer era concentrarse en la roca y dejarse llevar. Que podía observar las transformaciones que provocaban en la superficie los pequeños cambios en la luminosidad de la tarde, las distintas dimensiones, los bellos reflejos, perderse en alguna veta camino de no se sabe dónde o contar los pequeños granos de arena impregnados en el mineral. Da igual, lo que sea. Pues cada cual tenía su mundo y cada cual debía descubrirlo a su manera.

La roca era bella, pensó el hombre, era una especie de fragmento basáltico irregular, de unos veinte centímetros de largo y atractivas formas, cortantes por unos lados y redondeadas por otras, efectivamente impregnadas de pequeños rastros de arena, pero también de trocitos de cristal que a la luz del sol mostraban sugerentes colores. Sin embargo, se sentía incapaz de advertir algo más allá de lo que era: una piedra. Pensó en levantarse, pero entonces le pareció distinguir un rostro. Una faz como de dios mitológico con el ceño fruncido, poderoso y desafiante. Y después de ese rostro, halló un río, un río que se perdía al otro lado del valle. ¿Qué valle? El valle que ahora se mecía al ritmo de la leve brisa vespertina. Instintivamente soltó el iPad y la carpeta. Se aflojó el nudo de la corbata y volvió a mirar. Vislumbró una cueva, y dentro de la cueva le pareció ver destellos. Tenía que ver qué diantres era, y sin pensárselo dos veces se adentró en la gruta sin saber siquiera si sería capaz de regresar.

Pasó el tiempo. Uno y otro inmóviles, con una extraña sonrisa de oreja a oreja. Cada uno con sus ideas, visiones, sensaciones, hallazgos y pensamientos. Percibían el murmullo a su alrededor, el eco metálico de alguna moneda, las risas sofocadas, los pasos frenéticos hacia ninguna parte, pero nada de aquello minaba su atención. Eran dos frikis sentados, mirando alelados un vulgar pedrusco, en medio de la calle mayor. Al oscurecer, el niño tuvo que salir al rescate de su compañero, sacudiéndole varias veces hasta hacerlo reaccionar.

El viejo de enfrente los vio levantarse. Se acercaban, sonriendo y cambiando impresiones alegremente, hacia el local. Inmediatamente corrió al interior en busca de la dulce recompensa. Se paró en seco y volvió a mirar. Envolvió la ensaimada, no, las ensaimadas en un paquetito. Sin duda, estaba perdiendo facultades, pensó. Aquella tarde había visto sentarse sólo a un niño, y ahora acababa de ver levantarse a dos.

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