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esengáñate. Ya puedes ser el más escéptico entre los escépticos o el más conservador entre los conservadores que eso no va a cambiar las cosas. La ciencia se ha marcado como uno de sus principales objetivos de aquí a pocas décadas la clonación del ser humano. Las investigaciones van muy avanzadas. En dos campos principales: la ingeniería genética y la robótica. Y ya se sabe que cuando la inteligencia humana se propone una cosa, y cuenta con los conocimientos y los medios necesarios, esa cosa acabará, tarde o temprano, convirtiéndose en realidad.

¿Qué impulsa al ser humano a copiarse a sí mismo? No voy a entrar aquí en ventajas evidentes como las aplicaciones médicas y reproductivas o el uso de alter ego para funciones domésticas, laborales o bélicas. Tampoco en el debate ético o moral que suscitan estas prácticas. Me refiero más bien a esa ancestral fascinación que ejerce sobre nosotros el espejo, el afán por contemplarnos desde fuera, ver cómo somos, quiénes somos en realidad. Si un día nuestro reflejo cobrara vida propia, es muy posible que en un primer momento lo temiéramos, que nos desconcertara, pero es casi seguro que cayéramos rendidos ante él, fascinados. La imaginación puede ayudarnos a evocar las múltiples y diversas consecuencias y utilidades, positivas y no tan positivas, de tal prodigio. ¿Y qué es la clonación más que una técnica para dar vida a la imagen que proyectamos en el espejo?

La literatura y el cine se han encargado ya de ofrecernos numerosas interpretaciones de esa eventualidad cada vez menos hipotética. Desde remotas leyendas orientales a El hombre duplicado (José Saramago), pasando por Un mundo feliz (Aldous Huxley), Cyteen (C. J. Cherryh), Nunca me abandones (Kazuo Ishiguro), Ecos de un dios lejano (Antonio López Alonso) o poemas y cuentos de Borges, en el ámbito literario; desde La resurrección de Zachary Wheeler (Bob Wind) a Oblivion (Joseph Kosinski), y cualquiera de la decenas de cintas cinematográficas que podamos recordar, creadores y pensadores han reflexionado e imaginado algunos de los posibles escenarios.
 

¿Pero es la clonación producto sólo de la curiosidad, la necesidad o la ambición científicas, de esa propensión humana hacia lo extraordinario, de imaginaciones desaforadas o del ansia que caracteriza a nuestra especie por sondear nuestros límites y profundizar en nuestra identidad? ¿O será quizá la respuesta definitiva al mayor reto que ha tenido siempre ante sí cualquier expresión de vida, la de trascender, perpetuarse… el reto de la inmortalidad? ¿No es ése, en definitiva, el objetivo frustrado del gen? ¿El de replicar con exactitud el organismo que ha creado para su pervivencia? La reproducción sexual no permite ese calco genético; la clonación, puede que sí.

Seres infinitos, autorreplicantes, perfectos. Eso sigue siendo hoy día ciencia ficción. Los avances son sorprendentes, pero ni desde el campo de la inteligencia artificial ni desde el de la biotecnología genética se ha progresado tanto. ¿Pero cuánto se tardará?

Entre estas declaraciones de César Milstein, Nobel de Medicina, en 1985:

“La clonación de individuos es literatura barata”

y éstas del también Nobel de Medicina John Gurdon en 2012:

“Los clones humanos serán una realidad en 50 años”

transcurrieron apenas 28 años. Y, desde esta última, han transcurrido cuatro años más. El futuro se acelera, y más que preguntarnos si será o no será posible, si es o no tolerable, quizás lo que convenga preguntarse es qué haremos cuando la clonación sea, y lo será, un hecho.

Ese día en el que te mires al espejo y no sepas a ciencia cierta si lo que ves es tu reflejo… o tu propio yo duplicado.

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