Dar la espalda al que sufre nos disminuye. Nos hace menos humanos. Cada desprecio, cada expulsión, cada concesión al recelo o al odio es un nuevo tabique en la mazmorra que erigimos alrededor de nuestra conciencia. Nos separa algo más de nuestra especie. Nos aísla. Nos impide entregarnos, pero también apelar a la solidaridad de la que todos, alguna vez, precisamos. Solos somos más vulnerables. Dar la espalda al que sufre es darnos la espalda a nosotros mismos. El rechazo no es un escudo, es un bumerán.

P

or miedo,

alambró
las fronteras de su patria,
valló
el perfil de su provincia,
bloqueó
las lindes de su tierra,
precintó
de su barrio el perímetro,
tapió
las esquinas de su calle,
atrancó
el portal de su edificio,
blindó
de su vivienda el umbral,
selló
ventanas, cuartos, resquicios.

Cegó las imágenes en sus ojos,
ignoró las voces en sus oídos.
Lacró fisuras en su alma,
las grietas de su conciencia,
todo rastro de altruismo.

Acorazado. Por miedo. Solo.
Aislado. Incomunicado.
Más que amparado, desierto.
Más que seguro, vacío.
Por miedo. Deshumanizado,
sintió la angustia del náufrago,
la desazón del proscrito,
el terror del olvidado,
la pena del desvalido.

Por miedo, advirtió muy tarde
el hedor del egoísmo.
Ahíto de intolerancia
acabó emitiendo un grito
que se enredó entre las vallas
de hiriente alambre tupido,
que se detuvo en las tapias,
en muros, sellos, precintos.

Ahogado por las barreras,
aulló y bramó arrepentido,
mas nadie podía escuchar ya
su atroz llamada de auxilio.

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