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s sábado. Me doy una ducha, desayuno, prendo el iPhone y repaso las últimas noticias en el agregador. Rajoy, Iglesias, Sánchez, Rivera, querellas, detenciones. Nada de particular. Bajo a la calle y me doy una vuelta por el barrio. Nuboso y fresco. Silencio. Pocas caras. Resaca de Carnaval. Me siento en un banco del parque y vuelvo a encender el smartphone, abusando un tanto de mi tarifa de datos, al cincuenta por ciento y aún no es ni mitad de mes. Ahora navego por blogs. Ciencia, política, literatura. Buenos días, ¿no tienes frío con esa camiseta? Es Cayo. Un vecino con el que suelo coincidir en el banco del parque cada mañana, cuando tengo tiempo para airearme un poco antes de iniciar la jornada. Siempre intensa y, por lo general, caótica, siempre al hilo de la actualidad. Pero sin horario establecido, por suerte o por desgracia, al menos hasta el mediodía.

¿Ya has comprado el regalo?, me pregunta. ¿Regalo? Sí, para tu mujer, mañana es San Valentín. Yo soy su mejor regalo, contesto irónico. ¿Tú crees? Ella lo es para mí, respondo, intentando rebajar la carga de presunción implícita en mi primera afirmación. Haces bien, me dice; yo, en cambio, hace tiempo que no tengo a quien regalar y siquiera puedo decir que sea un regalo para nadie. Me vas a hacer llorar, Cayo, si no te conociera diría… No, es una bendición, interrumpe, eso de San Valentín, el Día de los Enamorados, es sólo una estación más en el circuito del consumo, esa procesión anual que arranca el Día de Reyes y alcanza a la Navidad sólo para comenzar de nuevo: Reyes, rebajas, Carnaval, San Valentín, Día del Padre, Semana Santa, Día de la Madre, Vacaciones de Verano, rebajas, Difuntos, Navidad…, todo eso sin contar santos, cumpleaños, bodas, bautizos, graduaciones… No hay sueldo ni tarjeta de crédito que aguante tanto.

Anuncio de Galerías Preciados para el primer Día de los Enamorados en España (1948)

Ya, pero bueno, también tiene su carga poética, le digo, sin dejar de mirar la imagen de otro niño sirio ahogado en la pantalla del iPhone. Me mira y se ríe. Ahora eres tú el que me va a hacer llorar. No, en serio, prosigo, que tú y yo no lo celebramos no significa que para mucha gente no tenga un carácter especial, yo mismo, no hace mucho, regalaba. Yo también regalé en su día, confiesa, yo también he sido ingenuo. Es sólo una forma de expresar tu amor en un día señalado, replico. Entonces, ¿por qué no has comprado tu regalo? A nosotros no nos hace falta, yo a ella le regalo cualquier día y le demuestro mi amor cada mañana. Pues eso mismo te digo, joder, me estás dando la razón. Sí y no, admito distraído.

¿Sabes que en España no hubo Día de los Enamorados hasta 1948?, insiste, encendiendo un Krüger. ¿Sabes quién lo introdujo? Galerías Preciados. Sí, señor, todo muy romántico y espontáneo. Como Halloween. ¿1948?, sorteo hábil, sin entrar al trapo, no te hacía tan dinosaurio. No, tengo mis años, pero eso lo leí, responde. También leí que la Iglesia siquiera tiene constancia de la existencia de ese tal santo, Valentín, por no hablar de Cupido. ¿Y eso qué más da?, rezongo apagando el teléfono, es una excusa para celebrar el amor, que cada cual haga lo que le dé la gana. No digo yo que no, apunta gruñón, no digo yo que no… Pero, vamos, por esa regla de tres, el día que inventen el Día del Tonto, los comercios no van a dar abasto. Ya veo los luminosos, Hoy te vendo más que ayer…

¿Sabes cuánto dinero mueve San Valentín sólo en EEUU?, prosigue. No, pero seguro que tú me lo dices, vaticino. Se estima que unos 19.700 millones de dólares. ¡19.700 millones de dólares, sólo en EEUU! En España se calcula una media de 60 euros por persona. ¡60 euros! ¡En plena crisis! Súmale el resto de países, ¿te imaginas?, una burrada.

– ¿Y qué tal si en lugar de joyas y flores a la gente le diese por regalar alimentos, medicinas, esperanza? Piensa, tú y yo, si fuésemos amantes, cogemos nuestros sesenta euros cada uno y nos acercamos a una vivienda social, a una familia en paro, y se lo donamos, así, por las buenas. Juntos, de la mano. O a una ONG o a un centro de refugiados. Y luego volvemos a casa y nos recreamos en ese acto de entrega en pareja. ¡Qué mayor prueba de amor!, ¿no te parece romántico?

– Tú lo que eres es un soñador –le reprocho–, un iluso y un soñador, las cosas no son tan sencillas. Además, estamos en las mismas, la solidaridad, como el amor, debería practicarse todos los días, no un día determinado y, por otro lado, todos esos miles de millones también dan de comer a mucha gente.

– Bueno, dan de comer a unos y enriquecen a otros.

– Dan de comer a muchos y enriquecen a unos cuantos.

– En una proporción de 99 a 1 a favor de esos cuantos.

– ¿Pero de qué estamos hablando, de amor, de desigualdad?

– De amor y consumo.

– Es que ya me pierdo.

– Sí, todo muy complicado, sí.

– Cierto, así es.

– Complejo, indescifrable.

– Casi.

– Así nos mantienen ciegos.

– Si tú lo dices…

– No, ¿sabes qué digo?, que es una suerte estar sin pareja.

– Jajaja, estás como una cabra, Cayo.

– Pues no te digo que no, no te digo que no –sonríe, elevando el antebrazo y apuntando al cielo con el índice de su mano derecha–… Pero una cabra soltera.

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