M

e gustan las lecturas cortas. Las grandes novelas no son para mí. Bueno, sí, algunas, pero tienen que ser muy buenas. Una vez leí El Quijote, y me gustó, aunque tuve que poner mucho de mi parte. Lo intenté con Guerra y paz, pero jamás sentí mayor sosiego que cuando deserté de esa contienda. En cambio, el Ulises me fascinó, quizás porque también me fascina la locura. Por supuesto, no lo entendí y miente quien diga que lo entienda. Algo entenderá, claro, mucho quizá, pero no todo, ni de broma. Ni Joyce lo entendía muy bien, según se me antoja. Y si no lo entiendes todo, es muy probable que no hayas entendido nada. ¿Pero acaso es preciso entender algo para que te guste? A la Julia nunca la entendí, y bien que me enamoré de ella. O el mar, ¿quién lo entiende? ¿Hay que ser astrónomo para admirar las estrellas? No digo que la novela no sea uno de los mayores logros de la literatura, en absoluto. Para ser algo más sincero, durante años leí muchas. Algunas incluso buenas, valían el peso del papel y la tinta que las sostenían. Pero otras bien podían haberse ceñido a una página. O a ninguna. Mucha paja. ¿Qué necesidad? Pero no quiero desmerecer. Sólo digo que a mí me gustan más los cuentos, las historias cortas. Cualquier cosa que se le pueda narrar a un niño antes de dormir, susurrar a una mujer durante una cena o compartir con los amigos alrededor de un buen fuego. Y luego, dejar volar los sueños, la ficción no ha de ser más que la brisa que ayude a desplegar esas alas. Más de cien o cincuenta páginas para mí ya es una cuesta bien empinada. Más de doscientas, casi una pared del Himalaya. Tiene que valer mucho la pena. Por eso me alegró tanto encontrarme con este ejemplar descosido de Pedro Páramo en uno de los contenedores de la avenida. Me hubiese contentado igual con La metamorfosis, El principito, El coronel no tiene quien le escriba, El extranjero o Siddharta, tal vez relatos de Chéjov, Poe, Wilde o Bécquer, pero no está uno para elegir. El azar, que no siempre juega en contra, quiso que fuese esta pequeña maravilla de Juan Rulfo. Desde entonces, mil veces la he leído y mil veces la he disfrutado. Mil veces he creído entenderla y mil veces dudé. Mil veces supe de lo que hablaba y otras tantas me quedé como al principio. Dicen que ésa es la virtud de las grandes obras, que son como calidoscopios de palabras en los que ves lo que realmente quieres ver. Y que dos lecturas nunca son iguales, no sólo entre personas distintas, sino a los ojos de una sola de ellas. Hoy la ves así y mañana es otra cosa. Pedro Páramo es una novela, pero corta. Esta edición no pasa de las ciento treinta y cinco páginas. Quizás sea un cuento. O tal vez nada de eso. Gustavo me dice que por qué sigo leyendo lo de Rulfo, si en el aparato que me ha regalado hay más de cien obras. Y yo le digo que me gusta Rulfo y me gusta Comala. Y que también me gusta la muerte, saber de ella, quizá por eso vivo como vivo, que para muchos sería como morir. Para aprender. Para saber. Como tengo tiempo, leo mucho. Otros se ponen a gemir o a implorar, se arrastran o se arrodillan, pero yo leo. Y nunca me faltan monedas. Antes también gemía e imploraba, pero ahora leo. Y no me va mal. Puede que a la gente le remueva la conciencia. Ver a un mendigo leyendo. «Mira ése, pobre hombre, culto y en ese estado. ¿Qué le habrá pasado? Anda, déjale unas monedas». Porque es de general opinión que el mendigo ha de ser iletrado, loco, tonto, guarro y zafio. Algo muy distinto de ellos, de la gente normal. Porque si no, es posible que llegasen a pensar que quizá, tal vez, algún día ellos también podrían verse gimiendo e implorando en una calle fría y hostil como ésta. O leyendo. Contagiarse, como si dijéramos. No, los mendigos son especie aparte, animales, un algo ignoto sin ligazón alguna con la humanidad.

Gustavo me dijo, «Señor le vengo observando hace días y veo que lee siempre el mismo libro. Yo no voy a darle monedas. Si me permite, prefiero regalarle este lector de ebooks. Es un Kindle, con más de cien obras inmortales de la literatura universal. Y aquí tiene usted también el cargador. Para que no esté leyendo siempre lo mismo». Yo no entendí ni una palabra. Bueno sí, libro, inmortales, literatura y monedas, pero no quise menospreciar su amabilidad. «No es el mismo libro», me limité a responder sin levantar la cabeza. «Sí, sí que lo es, me he cerciorado bien», insistió. «Es el mismo envoltorio», le contradije, «pero no el mismo libro». Y quise explicarle lo del calidoscopio de palabras y las infinitas lecturas, pero él no me escuchó. «Sea como sea, aquí le dejo el Kindle, seguro que lo aprovecha». Dos días después, vino a decirme que se había dado cuenta de que no tocaba el aparatito y yo le dije que es que no sabía cómo tocarlo. Así que me puso al tanto. Tampoco era nada del otro mundo. Era igual de fácil que todo lo que se conoce y tan difícil como lo que se ignora. «¿Hay cuentos?», le pregunté. «¿Cuentos? Hay de todo, cuentos, poesía, teatro, ensayo y novela», respondió. «Yo sólo leo cuentos», sentencié.

Me gusta Gusta-vo. Gusta-vo me gusta. (Me también gustan los juebras de palagos). Es un buen chico, sensible y amable. También algo desdichado. Ahora está contento porque leo su kindel, y de cuando en cuando se sienta a mi lado y charlamos. Dice que pasa frente a mí cuatro veces al día. Dos por las mañanas y dos por las tardes. Entre las siete y media y las ocho, entre las tres y las tres media. De casa al trabajo y de trabajo a casa. Entre las cuatro y media y las cinco, entre las siete y las siete y media. De casa al parque con los niños, ida y vuelta. Quiere saber de mi vida y yo apenas le cuento, así por encima, algunos detalles, pues si uno trata de olvidar no conviene recordar en exceso. Él, en cambio, me ha ido detallando su biografía. Su infancia, sus estudios, sus amores, sus amistades, su trabajo. Es banquero. No es rico, trabaja en un banco. No sé si ésa es la palabra, pero yo los llamo banqueros. No lo gana mal, está casado, tiene un niño, casa propia hipotecada y un sinfín de problemas. Dice que va al psicólogo y toma pastillas porque no puede dormir. El mes pasado, su banco despidió a muchos de sus compañeros. Él, dice, se salvó por los pelos. Pero también tiene problemas con su pareja, con los niños en el cole, la comunidad, sus hermanos, sus padres ancianos, el coche que no sé qué, la humedad no sé dónde, un préstamo de no sé cuántos, el móvil que… «Tu vida es una novela». Eso le digo. «Mucha paja, Gustavo, mucha paja. Aligera, amigo, céntrate en lo importante. Fíjate en mí, sin querer servir de ejemplo para nadie. No tienes que llegar a este extremo, claro está, pero abrevia, quédate sólo con lo que te haga feliz. Lo demás…». «¿Tú eres feliz?», me pregunta. Y yo le digo que a veces cuando leo. Él me dice que ya no tiene tiempo ni para leer. «Por eso te digo, Gustavo, aligera, hombre, aligera…».

Cargo el kindel en la casa parroquial, en horas de mediodía. El cura es un buen hombre, cuando no da sermones. Antes hubiese podido cargarlo en el albergue municipal, durante la noche, pero con esto de los recortes lleva ya un mes cerrado. Ahora duermo en la playa, bajo unas barcas. Lo bueno del trasto éste es que no necesita luz, ya la lleva incorporada, y así puedo quedarme dormido con mis lecturas. Hasta ahora sólo he leído cuentos, de Borges, Cortázar, Mahfuz… Alguna poesía… Ni ensayo ni novela. Tampoco teatro. A mí el teatro me gusta en vivo. El texto es para el director, los actores, el escenógrafo. No es para leer. O eso creo. Allá cada uno. Yo con mis cuentos voy bien servido. A veces, cuando ya estoy a punto de dormir, en ese espacio incierto que separa la vigilia del sueño, pienso en Gustavo. En su bondad y en su desdicha. Sé de lo que le hablo cuando le aconsejo. «Aligera, aligera». Como una proyección de mi propia conciencia. Una que tuve años atrás, cuando mi vida también era una novela. Ahora es un cuento, quién quiera saber más de mí tendrá que imaginar. Me acurruco bajo esta manta vieja y sucia, pues ya se siente el invierno. El kindel me calienta el pecho unos pocos minutos. Y lo leo. Bien sabe Dios que lo leo. Cuatro veces al día. Dos por las mañanas y dos por las tardes. Entre las siete y media y las ocho, entre las tres y las tres media. Entre las cuatro y media y las cinco, entre las siete y las siete y media. Luego, lo apago, lo envuelvo con mucho cuidado, y rebusco entre mis enseres hasta que doy con el librito descosido. Entonces me recuesto, me jinco un buen trago de vino de mesa, respiro hondo y me paso el resto del día entregado a la enésima primera lectura de Pedro Páramo.

Fotografía: Óscar G. Bono

4 comentarios A veces cuando leo

  1. Pedro Díaz

    A veces, cuando leo … tengo que aligerar, una lectura que lleva aparcada 30 días en Feedly para encontrar tiempo, muchas gracias

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