"El 1% de los ciudadanos más ricos de la mayoría de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) acumulan cada vez un porcentaje mayor de la renta total, según un estudio (PDF) publicado este miércoles por esa organización. El análisis revela que en las últimas tres décadas las desigualdades han aumentado incluso en Estados con una tradición más equitativa, como Finlandia, Noruega y Suecia (…)
 
La crisis no ha afectado de la misma forma a los más acomodados que, de media, aumentaron su riqueza en 2010 un 4%, mientras que el 90% de la población con los salarios más bajos vieron cómo sus ingresos se estancaban. El secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, alerta de que “sin una acción política coordinada, la brecha entre ricos y probablemente crecerá más en los próximos años ".

Este es el panorama con el que llegamos a la celebración del Primero de Mayo en la práctica totalidad del planeta. Un mundo cada vez más segmentado entre los que acumulan riqueza y los que ven recortadas paulatinamente sus posibilidades de subsistencia –y sus derechos para conservarlas o reivindicarlas–.

125 años después de la Declaración del Día Internacional de los Trabajadores en homenaje a los conocidos como Mártires de Chicago, el capitalismo aún no ha sabido resolver su principal contradicción: la concentración del capital en pocas manos y, por tanto, el empobrecimiento progresivo del resto de la humanidad.

Cierto es que durante buena parte del pasado siglo se produjeron intentos por reconducir esta situación, por dar con una fórmula que ‘endulzara’ o ‘socializara’ el sistema y evitase lo que ineludiblemente sucede cuando grandes proporciones de población se ven condenadas a la miseria: la lucha por la supervivencia, es decir la revolución. Pero esos experimentos duraron lo que tardó en caer la Unión Soviética y todo el denominado Bloque del Este, la tan temida ‘amenaza’ comunista que, en la práctica, con sus virtudes y sus miserias, funcionaba como muro de contención de los desmanes del gran capital. En occidente éramos mucho más libres, demócratas y capaces de garantizar a la ciudadanía riqueza y prosperidad, decían. El Estado del bienestar, lo llamaban.

No hay más que ver la deriva en recortes salariales, sociales y derechos que se ha venido produciendo en las últimas décadas para constatar el deterioro y para estar en condiciones de prever que lo peor está aún por llegar.

No doy un euro por esta segunda edición del capitalismo salvaje que, al final, acabará devorado por su propia contradicción. La única salida posible, y no sé yo si a estas alturas tendrá ya mucho éxito, es la puesta en práctica de una economía social, comprometida y solidaria que tenga al ser humano, y no el dinero, como principal punto de referencia. Que proclame que el interés general y el bien común están por encima de cualquier otra consideración.

Economía social, empresas solidarias y empresarios comprometidos con un mundo mejor, en el que no existan ni unos ni noventa y nueves, sino un amplio, enorme y radiante 100%.

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